Así llama la liturgia de la Iglesia a la Semana Santa, la más cargada de contenidos significativos a través del apasionante año litúrgico.
Es la que transcurre entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua.
Una parte pertenece a la Cuaresma. Otra es el corazón del año litúrgico: el Tríduo Pascual, que desemboca en el momento más emocionante de la historia: La resurrección gloriosa de Jesús con su propio cuerpo glorificado, festejado luminosamente a través de los 50 días del tiempo pascual, cargado de aleluyas, incienso, cantos y cirios conmemorativos, reafirmando la fe cristiana de que nuestros cuerpos también resucitarán gloriosos de las cenizas, y que con nuestros propios ojos y oídos glorificados veremos y escucharemos a Jesús.
El Domingo de Ramos comienza con esta Santa Semana. Color rojo de sangre para la liturgia. Se lee el Evangelio de la Pasión que corresponde al ciclo litúrgico dominical del año que transcurre. Los ramos de olivo aclaman personal y comunitariamente a Jesús que entra en Jerusalén, signo y figura de nuestro corazón, en el que quiere establecerse como Rey y Señor del mismo. En vano es agitar o colgar ramitos si Jesús no es el dueño de nuestra vida. O regalarlos a aquellos a quienes Jesús no significa nada en su existencia.
El lunes, martes y miércoles santos vuelve el color lila o morado de la Cuaresma en la liturgia.
Es importante acompañar a Jesús en las celebraciones litúrgicas de estos tres días. Solemos ir el Domingo de Ramos a misa y no aparecemos hasta festejar la cena del Señor el jueves por la tarde. Pareciera el cruel, triste e impío abandono del Señor Jesús igual al de los momentos históricos de la Pasión.
En las celebraciones litúrgicas de estos tres días, más la del Viernes Santo, se leen los cuatro cánticos del Siervo Sufriente de Yahvéh del profeta Isaías.
La misa Crismal quiebra la monotonía cuaresmal (ya rota en el gozoso cuarto domingo, el de las vestiduras de color rosado), y con blanco color litúrgico, el obispo se congrega en la catedral con su presbiterio y fieles, a fin de renovar sus promesas de fidelidad, y consagrar los óleos que se usarán en los sacramentos cristianos.
Se celebra la misa Crismal el jueves por la mañana, salvo donde las distancias son extensas.
Con la misa de la cena del Señor, el Jueves Santo por la tarde, exclusive, termina la Cuaresma y comienza el Tríduo Pascual, centro y corazón del año litúrgico.
El viernes de la "Pasión del Señor" no hay misa, pero sí una importante celebración litúrgica, pública y oficial oración de la Iglesia, con ornamentos rojos, en que se lee siempre la Pasión según San Juan. Se adora la Cruz, se hacen oraciones universales por todos los hombres, de cualquier condición, raza, cultura y credo, culminando con la recepción de la eucaristía. Es el segundo día del Tríduo.
El Sábado Santo es un día muy especial de silencio contemplativo y expectante ante la tumba abandonada del Señor. Ese día no solo no hay misa, sino que ninguna celebración litúrgica. Incluso la eucaristía como sacramento de la partida, solo puede llevarse a los moribundos en forma de viático, porque sanos y enfermos esperamos la explosión jubilosa del universo en la Resurrección del Señor Jesús. En esta augusta vigilia, en que comienza a celebrarse el Domingo de Pascua de Resurrección, llega a su cumbre el Tríduo Pascual, que culmina al finalizar el Domingo de Resurrección.
Nuevamente la gloria de las vestiduras blancas.
La Vigilia despunta con el Fuego Nuevo que es Cristo Resucitado: La Liturgia de la Luz. Se enciende el cirio pascual, que ilumina con la luz del Señor toda nuestra vida, y que permanecerá 50 días con su resplandor en el presbiterio, y del cual todos tomaremos su claridad, y tomarán luego sus luces los que renazcan a la vida de la gracia por el bautismo, y los que se eleven a la vida de la gloria al partir de este mundo temporal.
Sigue en esta noche santa, la mayor de todas, la liturgia de la palabra.
Con el anuncio de la resurrección y el canto del aleluya, apagado durante la Cuaresma, y el sonido de las campanas, culmina la liturgia de la palabra.
Si hay evangeliario, es llevado en procesión "levemente elevado" desde el altar (donde fue dejado al inicio de la celebración.) hasta el ambón, y es incensado.
Sigue la liturgia bautismal, en la que se bendice el agua del bautismo (conviene que haya algún bautismo como signo), y en la que renovamos las promesas bautismales.
Culmina la celebración de esta magna solemnidad, con la liturgia del sacramento por excelencia, la eucaristía, fuente y cumbre de toda vida espiritual cristiana.
El domingo de pascua continúa durante el día esta alegría comenzada en la Vigilia, y se prolonga como octava durante ocho días, hasta el domingo siguiente, como si fuera la misma fiesta, y luego en el blanco glorioso de los aleluyas de Pascua hasta el día de Pentecostés inclusive.
