Todo gira en torno a él. El instructor lo nombra en cada charla y las prácticas en el agua sirven como preparación para estar justo en su interior. El cañón del Río Jáchal, un lugar en el que las paredes que rodean el cauce, se unen dejando toda el agua concentrada en pocos metros, es el rey. Ese espacio es el tramo más emocionante del recorrido de casi una hora por el río, a bordo del bote con el que se practica rafting, en Iglesia.
‘Tienen que saber que caer al agua es parte de este deporte‘, arranca diciendo en su charla técnica Fabio Romero, el instructor.
Les habla a la familia correntina Mohnblatt y la periodista de DIARIO DE CUYO, que lo acompañarán. Sólo esa frase hace que el grupo abra grandes los ojos y preste más atención para hacer todo lo posible con tal de evitar la caída. ‘La clave está en que, cuando pasemos por el cañón, todos sigamos las indicaciones. Lo primordial es que seamos nosotros los que dirijamos el bote y no el río‘.
Los nervios se sienten en el aire, pero se mezclan con las sonrisas propias de la emoción que genera la aventura de hacer algo desconocido en un paisaje que parece salido de un cuento.
Después de escuchar, María, la madre de la familia y la más nerviosa del grupo pregunta: ‘¿Así está bien puesto el chaleco o lo tengo que ajustar más?‘.
Sin más preludios, el bote entra al agua y cada persona ocupa su lugar. Al fin, comienza la práctica. ‘Derecha, adelante. Izquierda, atrás‘, grita Fabio que va sentado en la parte posterior y el bote comienza a girar. El equipo debe aprender a sincronizar los movimientos para ganarle a la corriente y, de a poco, lo logra.
Entonces, un una zona en la que el río está bajo y no hay demasiada corriente, Fabio pregunta quién se anima a tirarse al agua y los tres hijos de la familia se ofrecen. El resto del equipo, debe rescatarlos parándose en el bote, sosteniéndolos del chaleco y haciendo fuerza. ‘Ahora estamos listos. Todos atentos, estamos por llegar al cañón‘, anuncia el instructor.
EL MOMENTO ESPERADO
Las paredes se ven a lo lejos, son enormes. Fabio calcula que tienen unos 30 metros de alto y que entre ellas hay sólo unos 5 metros de separación. En ese espacio, por el que pasará el bote, se concentran los 10 metros cúbicos de agua. La velocidad del río aumenta y salpica a los viajeros. El bote comienza a tambalearse y el grupo intenta ser el amo y no dejar que el río se apodere de la situación. Pero no puede. El agua es más fuerte, hace chocar la balsa contra una de las paredes y Juan, el niño de 11 años, cae el agua. Su madre trata de agarrarlo y el instructor maneja la dirección del bote con una mano y usa la otra para rescatar al chico. Hace fuerza y logra subirlo.
Tras el rescate, se escucha risas y Juan se preocupa porque su remo quedó en el río. Pero, el instructor tranquiliza al equipo organiza un giro y logra que todos miren el cañón después de haberlo pasado. El paisaje de rocas coloridas rodeando el agua logra que se produzca un largo silencio.
Cuando baja la adrenalina de las personas, también se tranquiliza el río. Llega el momento de descansar. Todos entran a nadar al agua que, contrariamente a lo que se podría pensar, es tibia. Hay zonas bajas y otras ondas, que permiten saltar desde las piedras.
Antes de terminar el recorrido hay que pasar por un sector de rápidos. Pero el grupo ya sabe como manejar el río y eso permite que los atraviesen girando una y otra vez.
El resultado: sonrisas grandes, el majestuoso paisaje marcado en la memoria, anécdotas para contar y una sensación de respeto dedicada al gran cañón.
