Fidel Castro y Hugo Chávez, el maestro y el discípulo predilecto, parecen ser una suerte de prolongación el uno del otro. Un singular destino los une hasta en el ocaso del accionar político de ambos. El mundo ha podido observar a Fidel Castro debilitado, ausente del poder desde 2006, y a Hugo Chávez, padeciendo un tumor y atendido en las clínicas cubanas. Dos destinos con muchas semejanzas.
Como Castro, el presidente venezolano gobierna un país saturado de su presencia y del culto a su persona. No hay diario, canal televisivo, sitios de Internet en Venezuela que no hastíen con la presentación de su imagen, hasta el programa "Aló presidente” del cual Chávez se muestra sentencioso, populista en su expresión máxima, admirado por las clases marginadas, y al mismo tiempo detestado por la pequeña y gran burguesía que ha sufrido la expropiación de muchos de sus bienes y que desde hace trece años soporta el accionar de la prepotencia del poder.
Mientras que Fidel Castro ha dejado que ocupe su lugar la figura opaca de su hermano, Chávez no tiene sucesores ni herederos, y ni siquiera una oposición en grado de sustituirlo en un futuro próximo. No basta el general Raúl Isaías Baudel, que en un tiempo era brazo derecho del líder bolivariano, en la práctica quien lo llevó al poder luego del golpe de 2002, y que ahora vive exiliado en su patria luego de varios desencuentros con el presidente venezolano. Tampoco tiene fuerza Henri Falcón, político de larga carrera, que en un tiempo apoyaba a Chávez y que hoy se muestra como un chavista arrepentido y militante del partido opositor "Patria para todos”. Como su maestro cubano, Chávez ha creado un vacío alrededor suyo.
"Estoy curado gracias a Fidel”, anunciaba días atrás el presidente de Venezuela. Se trata del mismo hombre que con el paralizante carisma construido en casi sesenta años de poder ininterrumpido, ha anestesiado a una nación, sometiéndola a una envilecedora pobreza, marcada por tragedias humanas como la fuga en masa de los balseros, y la represión despiadada hacia los disidentes. La modalidad de comunicar la enfermedad de Chávez se ha revelado de modo idéntico al de Castro: informes médicos reticentes unidos a patéticas proclamas de inmortalidad.
Perfectas alegorías de aquellos reyes descriptos por el histórico y especialista en la Francia medieval, Marc Bloch, que se mostraban como poderosos ante la enfermedad, y por eso se creían invulnerables, olvidándose que también quien ostenta el poder es un simple mortal.
