Tras conocerse la posibilidad de que el Vaticano oficie de mediador en la crisis venezolana, observo las incongruencias del gobierno de Nicolás Maduro y la poca credibilidad de su gestión, que plantean muchos interrogantes:
¿Por qué tanta tolerancia para un Gobierno que ha reducido la democracia a su mínima expresión? ¿Por qué tanto silencio ante un Ejecutivo que viola la Constitución abusando, reprimiendo y causando decenas de muertos, que encarcela y castiga a sus opositores usando a la Justicia y al Congreso como armas propias, que se eterniza mediante reformas y elecciones viciadas, que silencia a los medios de comunicación y redes sociales, y hace propaganda a mansalva generando odio y polarización?
¿Por qué callan los intelectuales ideologizados que condenaron con vehemencia la opresión militar de antaño, pero apañan la de ahora? ¿Por qué la OEA sigue tan impávida para aplicar la Carta Democrática Interamericana y la Unasur, después de una misión de cancilleres a Caracas, recomienda como solución que Maduro cree un consejo de derechos humanos? ¿No es pura ingenuidad creer que el gobierno -que no permite la entrada al país de organismos de supervisión o que le importa un bledo lo que dice la Comisión Interamericana de Derechos Humanos- será equitativo y objetivo a la hora de autocriticarse y juzgar sus propios abusos?
¿Por qué las potencias occidentales permanecen tímidas, casi de observadoras? ¿Por qué Barack Obama busca consenso entre los europeos para actuar con sanciones económicas contra Rusia por la usurpación de Crimea, pero no existe la intención de buscar el mismo fin en el caso de Venezuela?
Las respuestas se adivinan. A nivel interno varios temas conspiran contra el cambio. La Constitución permite un referendo, pero en 2016. La oposición poco puede hacer. Sigue siendo diezmada por un poder político desfachatado que encarceló a tres alcaldes opositores, incluido Leopoldo López, desafuera ilícitamente a diputados como María Corina Machado, o se le achacan actitudes desestabilizadoras, acusándola de estar detrás de tres generales golpistas detenidos, parte de una estrategia propagandística en la que se tejen golpes, invasiones y conspiraciones a conveniencia.
A nivel externo es más complicado aún. Pese a la fachada democrática, el gobierno se legitima con los resultados electorales y ningún líder latinoamericano atina críticas para no ser tildado de antidemocrático. Además, Hugo Chávez, en pocos años y gracias a los petrodólares, consiguió internacionalizar un discurso anti imperialista y colonialista (que Fidel no pudo encausar en cinco décadas), neutralizando cualquier acción estadounidense o europea.
La inacción estadounidense es propia de sus vicios del pasado. Su liderazgo por libertad y democracia fueron casi siempre imposiciones de la CIA a modo de golpes, invasiones y cambios de gobierno. Pero también porque el chavismo para Barack Obama no representa riesgos ni para la seguridad ni para la economía; se trata solo de un liderazgo histriónico que ya no tiene dólares para tejer alianzas externas y de una ideología descompasada que ya no cubre las necesidades básicas de su población.
Con los errores del pasado, Washington aprendió paciencia. Esperará a que el sistema se caiga por su propio peso o jugará a que el chavismo permanezca autoritario y pobre como la paupérrima Cuba; en definitiva, la peor propaganda para el socialismo o la mejor para promover los valores de la democracia y el libre mercado.
