¿Existe una relación entre poder, fracaso y locura? Antiguamente al enfermo mental se lo consideraba un loco, y se lo encerraba en un manicomio, como una forma de aislarlo de una supuesta cordura de la sociedad. Siguiendo a Foucault, Jaspers y Binswangers, la existencia de la rareza mental se caracteriza por un doble movimiento: "El de su propio mundo y el abandono a los acontecimientos". Precisamente, hoy el poder y la locura van de la mano unidos no tanto por el delirio demencial, sino por la tozudez empecinada del pueblo en la domesticación facilista, y la demanda del líder caudillista, tan terco como una mula. Es decir, que el encierro particular y el vivir una vida ficticia irreal, hacen de ello un verdadero problema. Y, la locura, termina siendo así el repliegue en la objetividad, de creer que yo tengo la verdad, y en caer en la peor de las subjetividades, si me creo el centro de todo. La locura es la expresión del límite de la existencia en mi mágico mundo imaginario, y la expresión de los límites de la razón, cuando no existe ningún límite. Parecemos locos.
Antiguamente, la internación fue una de las respuestas a las crisis económicas de Europa, y como medio preventivo de desordenes públicos, en épocas de escasez. Un delirio coloreado de tristeza y angustia, antes en el silencio, pero ahora, en el saber discursivo. En cambio, al poder no lo debemos mirar desde el punto de vista de la economía, sino desde el sujeto, como algo que se ejerce, no que se posee.
Actualmente, podemos hablar de una cierta relación entre poder y locura, viéndolas desde una "locura loca, poder loco" y desde "una locura sabia, poder sabio". El primero, consiste en encerrarnos en la negatividad de nosotros mismos. ¿Qué es el poder y la locura entonces? El creerse que uno tiene la varita mágica para imaginar batallas en la bravura de la selva. "La locura loca" es la crónica de la Argentina anunciada, de los mensajes épicos personalistas salvadores, que terminan estrellándose siempre en la miseria del hambre, el tozudo fracaso, y el desencanto. El mismo poder loco de enojarse ante la foto impactante de la realidad. Empecinarse tozudamente en una postura de creernos los mejores, los vivos del primer mundo, de tener todo controlado en mensajes del nunca pasará nada, por creernos sobrados de todo, pero viciosamente faltos de una mínima coherencia personal emancipadora.
Es que la locura loca nos hace delirar en la fantasía siempre más cruel del engaño a nosotros mismos, y a los demás. ¿Qué es ser argentino? Un misterio, que al mismo Dios haría llorar. Pasar de la ilusión al desencanto. Ser los dueños de la verdadera mentira. Liberales extremos no comprometidos. En fanfarronear cuando violamos la ley, negociamos votos por dádivas, cambiamos empleo por asistencia, devaluamos al educador, ensalzamos lo chato, y beneficiamos a los nuestros. Ser infieles y necesitar de detectives privados. El mensaje de Foucault es claro: "La locura ya no está controlada dentro de las rejas del mismo manicomio". Ahora, nuestro presente actual, se transformó en el libertinaje cruel, de "El gran manicomio callejero". La locura patotera nos hace delirar bajo el yugo de la mera sobrevivencia esclavizante. La razón cede ante el impulso. Lo amoral triunfa ante lo moral. El vacío se impone a la orientación. El bien oscila al mal. La inteligencia cede ante la voluntad del poder imperial intocable. Las religiones reculan bajo los modernos shoppings. El apocalipsis final nos aleja del origen vigente. El crimen a la vida. El desprecio a la sensibilidad. El delirio a lo razonable. Pero, dime, ¿quién eres pues locura? Y, la locura loca, irrumpe poderosa como la gran dueña de cada rincón planetario, alimentando toda imaginación de ideas líquidas demenciales.
En cambio, la segunda, nos enseña que la locura sabia, poder sabio, nos lleva al sueño de los genios. Permite sobreponernos a los acontecimientos tozudos reiterativos, pero no con aire improvisado, sino con el viento de las planificaciones. Es la que nos hace ver que la vida que vale la pena de ser vivida "es aquella en la que de ningún testigo debemos fiarnos sino de nosotros mismos". Es aquel poder constructivo cristalizador que no embrutece dividiendo empecinadamente las aguas, sino que las anima, las respeta, y las cambia. Mantiene fresca la memoria para no volver a cometer los mismos errores.
Es aquella que nos dice que el Mesías salvador, está en nosotros, al querernos y ayudarnos. En valorar el esfuerzo y dedicación al talento y al dinero. El poder como servicio. En cuidar la educación, para posibilitar el oficio capaz de sacarnos de la ociosidad tozuda, de la gran locura loca de la destrucción de la vida. Que aprenda el pueblo lo que hemos sido los argentinos de estos tiempos en las palabras exitosas del pensador Séneca: "Imperar es el resultado del oficio y no del imperio".
(*) Periodista, filósofo y escritor.
