Tomó mi madre el mate entre sus agobiadas manos del último tiempo, y me cebó un retazo de su amor. Instantes hacía que se había olvidado de que era domingo de una tarde entonces triste y casi postrera, pero se acordaba puntillosamente de casi todos los trazos de nuestra niñez y de que el mate me gusta con azúcar.
Hemos llegado a un puestito de cabras cercano a Astica. Allí detenemos el viejo DKW, motor dos tiempos. Mi padre se baja a preguntar por un paisano que presume vive por las inmediaciones. Se demora un rato y al volver nos cuenta emocionado que el hombre le convidó un mate sin conocerlo. Esa celdilla confidente de ausencias y emociones que es el mate, nos encuentra, nos amiga, nos comunica confidencias y algunos dolores, si es necesario. Vi a mi abuela cebarlos lentamente y entregarlos como quien entrega un beso subido a un jilguero, alargando el brazo hasta encontrarnos el pecho. Vi a mi tía Tita alcanzarle uno a mi niñez, tibio como era su rostro, chispeante como su sonrisa. Y sé de antiguas familias donde los hijos no podían tomar mate delante de sus padres. Felizmente, en la mía el mate siempre es un ladero cordial, todos somos sus huéspedes y compinches.
Con el tiempo fui entendiendo sus ritos: es más importante la compañía que reúne, las nostalgias que acomoda y los manos que su velero pone al servicio de la orilla, que el sabor que establece esa hierba extraña que se nos ha colado en los pueblos civilizándolos de nuevo sobre el pedestal de la amistad.
¿Dónde andará la sombra florecida de aquella viejecita apacible que nos acarició con el misterio de sus manos aferradas a un mate, para confesarnos con sus ojos de almíbar que era feliz porque le habíamos cantado un valsecito en ese cumpleaños que sólo juntó a tres parientes? ¿Dónde el mate con aroma de arrayán y lluvia, que aquella mañanita el viejito de Valle Fértil pasaba de corazón a corazón?
El mate arrea amores por fogones y braceros, por veranos en vela y hazañas de guitarras, trepa al abrazo silencioso del amigo, se hace flor del aire en ranchadas criollas, teje zambas nostalgiosas en el pañuelo de su pecho, consagra campo abierto su vocación de pájaro.
Tomó mi madre el mate entre sus agobiadas manos del último tiempo, y me cebó un retazo de su amor. Instantes hacía que se había olvidado de que era domingo de una tarde entonces triste y casi postrera, pero no de casi todos los trazos de nuestra niñez y de que mi mate lleva azúcar.
