Hay cosas que no tienen escala para medirlas. Que por su naturaleza, por lo que generan y por lo que encierra en sí mismas, escapan a todo intento de ponerle cifras. Son esas cosas que se miden con el corazón, de la mano de los sentimientos y con el escalímetro de la sensibilidad. Cosas que conmueven, que convocan, que sacuden la fibra más íntima de cualquier mortal nacido en este San Juan. Cosas que son capaces por sí solas de llenar los 16 km de la Avenida de Circunvalación con todo el colorido, el afecto y la pasión, desafiando calor, humedad y todo el resto…
La Vuelta de San Juan es una de esas. Porque solamente así se puede explicar el inolvidable marco para la última etapa de esta edición 34 de la fiesta que ya es de todos. Porque ver familias esperando dos horas antes de la largada sólo encuentra explicación en el sentimiento ciclista que corre por las venas de los sanjuaninos. Porque entender que las laderas de la Autopista 14 se conviertan en palcos preferenciales en todo su recorrido, sólo encuentra explicación en tres palabras: Capital del Ciclismo. Eso es la Vuelta. Eso que no se mide pero que se ve, que se siente. Y así, las crónicas de un fenómeno social que fue creciendo edición tras edición, se irá multiplicando para hoy en esta impecable edición 34 ya pida permiso con peso propio para ser internacional, para meterse con todos los merecimientos en el ansiado calendario UCI. Y para eso, los 199 ciclistas que empezaron la Vuelta hicieron fuerza. Tanto que entregaron una edición electrizante, con un socio permanente y multitudinario siempre, en cada etapa: la gente.
Los sanjuaninos hicieron todo. Se bancaron calor, retacearon descanso, le entregaron su corazón para que la Vuelta sea la Vuelta de todo San Juan. En el Prólogo del domingo pasado, llenando el Velódromo Chancay, después en cada una de las etapas empezando por la primera que terminó en Rivadavia, luego bancando todo el recorrido de la más larga que unió Albardón, Angaco y San Martín. Más tarde, cambiándole la escenografía a la cima del El Colorado para convertirlo en un pasillo para los ciclistas. Así, etapa tras etapa, la gente fue haciendo que la Vuelta sea la Vuelta de todos. Y todos se terminaron contagiando porque en la última etapa, en el último capítulo que unió en ese anillo a todos los sanjuaninos, la gente volvió a ganar. De punta a punta, casi como Laureano Rosas, el tricampeón que no nació en San Juan pero que por tercera vez consecutiva sintió el amor de los sanjuaninos en cada palancazo, en cada cambio, en cada multiplicación.
Fue la crónica de un fenómeno que es tan nuestro como el mismo viento Zonda. Un fenómeno que empezó mucho antes de las 17 del domingo 10 de enero. Porque los 60 gendarmes y los 60 policías que cortaron todos los accesos en la Circunvalación, se convirtieron en taquilleros involuntarios de la invasión sanjuanina a la autopista. Y así, en la primera de las siete vueltas de la etapa de coronación, ya se vieron focos de concentración masiva: largada, cruce con Paula Albarracín, cruce con Mendoza, cruce con Avenida Rawson, cruce con Acceso Este. Al mismo paso que marcó el pelotón, vuelta a vuelta se fueron uniendo esos focos en un cordón interminable de gente que sintió más que nunca que esta Vuelta era su Vuelta. Llegó el último giro y la emoción floreció. Ver aplausos anónimos, incondicionales, desinteresados y auténticos para los ciclistas, sus auxilios, los medios y hasta para los policías y gendarmes dejó en claro que esta Vuelta ya no es la Vuelta de San Juan, es la Vuelta de todos.
