María del Carmen Reverendo y Exequiel Linares son apenas dos sanjuaninos -de entre los miles que habrá- que recuerdan con lujo de detalles lo que ocurrió hace exactamente 68 años, cuando la tranquilidad del sábado 15 de enero se vio absolutamente modificada por las sinrazones de la naturaleza. Un movimiento sísmico, algunos dicen que fue de 7,4¦ y otros hablan de 7,8¦ en la escala de Richter y su intensidad máxima de 9¦ en la escala de Mercalli modificada, arrasó con todos los edificios y construcciones que estaban de pie, sin importar fachadas, materiales ni las funciones sociales que cumplían. Así se cayeron casas, pero también iglesias (como la Catedral) y muchas bodegas, el puntal económico de entonces para San Juan.
Al día de hoy todavía no se sabe a ciencia cierta la cantidad de víctimas fatales que provocó. La falta de rigurosidad sumada a la necesidad de actuar rápido sepultó a miles y miles de sanjuaninos. Se calcula que fueron entre 8.000 y 10.000 las personas que quedaron bajo los escombros. Eran tantos, tantísimos, los muertos que a muchos los enterraron en fosas comunes y a otros los incineraron.
Con los años llegó la reconstrucción de la ciudad y la ayuda material. Mientras tanto, estos dos sobrevivientes, reviven la tragedia que marcó a San Juan para siempre.
Exequiel Linares
La película que debió esperar
Exequiel junto con su amigo de apellido Giménez, tenían la intención de llegar al cine Estornell para ver la película "La Casa de los millones"", con Luis Sandrini, pero el terremoto del 15 de enero los sorprendió en el camino. Ellos iban por calle Salta hacia Benavídez, en Chimbas, para tomar el colectivo que los dejaría muy cerca del cine, pero de repente comenzó a temblar, el agua de la acequia salía a borbotones, y todo se derrumbaba. Atinaron a tirarse al piso porque tampoco podían sostenerse, no sabían qué pasaba. Apenas pasó el remezón y todo estaba envuelto en una nube de tierra, se levantaron para llegar hasta sus casas y ver que había sucedido con sus familiares. Exequiel estaba a pocos metros de la suya, cerca del callejón Barboza, pero cuando llegó allí no había nada.
Todo estaba derrumbado, de la casa sólo quedaban escombros. Se mantenía en pie un galpón que tenía columnas de hierro y estaba repleto de fardos de pasto para alimentar a los caballos.
Gritos, llantos, ruidos, réplicas del temblor, desesperación, miedo, el panorama era negro, pero para Exequiel había algo a favor, sus diez hermanos y sus padres estaban a salvo, ninguno fue víctima del terremoto a pesar de que entre sus vecinos habían decenas de muertos.
El terremoto marcó la vida de toda la gente de esa zona, no quedó casa en pie y la noche comenzaba a caer en todo sentido.
"Después empezó a llover y nos resguardamos en el galpón que era lo único que había quedado. Las mujeres y los niños lloraban y las replicas no paraban. Al otro día mi papá decidió llevar a mis hermanos y mi mamá a unos parientes en Tunuyán, Mendoza, y nos quedamos solos con mi hermana Paca. A los tres o cuatro días volvió mi papá y empezamos a levantar el rancho porque la casa había quedado convertida en escombros. Descubrimos que sólo se había salvado la radio y la máquina de coser, nada más"", recuerda Exequiel.
Quizá no fue casualidad porque los Linares eran una de los dos familias que tenían electricidad generada por un molino de viento que les permitía tener luz y escuchar la radio. Recién en 1946 instalaron la energía eléctrica en la zona.
Los días fueron muy duros. Los camiones del ejercito pasaban tirando camisetas por las calles, en el mejor de los casos porque también pasaban llevando cuerpos que luego serían quemados en el cementerio. Exequiel como muchos otros sobrevivientes recuerdan aquel olor espantoso.
Contar con alimentos para subsistir era otro de los grandes temas. En este caso la familia Linares tenía conservas, algunas bolsas de harina y azúcar que se habían salvado dentro del galpón, además de gallinas y cerdos.
Exequiel recuerda que frente a la Plaza de Concepción había un negocio grande de ramos generales y su dueño tomó la decisión de irse de San Juan por miedo y distribuyó entre sus clientes la mercadería que tenía para luego pasar a cobrarla. "Eso nos ayudó mucho, junto con la chacra, porque éramos muchos para comer"", dice Linares.
Para volver a ver una película pasaron muchos meses. El primer cine que abrió fue frente al ex Club Los Andes, por calle Mendoza, era al aire libre, el único lugar donde la gente podía ir con menos temor. Todo estaba demasiado fresco.
María del Carmen Reverendo
Las muñecas, bajo los escombros
Inexplicablemente, aquella calurosa tarde-noche de enero, se nubló. Incluso ella sintió un poco de frío y se puso su camperita gris, esa que le tejió de regalo, Pilar, la ahijada de su mamá. Este cambio del clima fue indicio suficiente para María del Carmen Reverendo -hoy conocida escritora, periodista y docente universitaria- prefiriera quedarse en su casa, en lugar de ir a la cita obligada de los sábados en la Acción Católica de la Merced, dónde cumplía el rol de Secretaria de Actas del grupo de niñas. A cambio, invitó a su amiga Roxana Rodillero -hoy de Cordero- a jugar a las mamás.
María del Carmen tenía 12 años cuando el terremoto del 15 de enero de 1944 la encontró en su casa de la calle Rivadavia y Sarmiento -en pleno centro de San Juan- junto a otra niña, jugando a las muñecas. Ambas estaban abrazadas en un rinconcito de su habitación, buscando por dónde salir, cuando pasaron los interminables segundos del sismo.
"Lo que es la vida, si yo hubiese ido a la reunión en la iglesia, seguramente no hubiese quedado viva. Después nos enteramos con mis padres que en la parroquia de La Merced habían muerto muchísimas personas. Igual yo con mi única amiga de mi infancia, tuvimos suerte porque si bien buena parte de mi casa quedó en pie, en los alrededores había muchísimos escombros”, relata.
Como cualquier otro sábado, su padre se disponía a abrir las persianas de su negocio de ramos generales -ubicado a metros de su casa y en las cercanías del ex-cine Estornell- y su mamá planchaba. Ella ocasionalmente pasaba la tarde, jugando. Fue entonces que la tierra se estremeció y hubo un antes y un después: todo quedó convertido en escombros y prácticamente todas las familias se vieron enlutadas por la cantidad de víctimas fatales.
"Mi madre se salvó de que una caja fuerte se le cayera encima pero no salió ilesa: se lastimó la cabeza con un revoque. Su desesperación era encontrarnos. Con mi amiga a lo único que atinamos fue a tirar las muñecas al piso y abrazarnos fuerte diciéndonos -sin saber mucho qué pasaba- que nos íbamos a morir. Era un griterío enorme. Finalmente pudimos salir por una ventana”, revive.
Ya en la calle, María del Carmen, asegura que vivió lo peor: gente que buscaba a otra gente con desesperación, que pedía ayuda, que solo gritaba nombres. "Me acuerdo que por ahí pasó Horacio Videla con un farol de kerosene, preguntando a quien se le ponía enfrente si no había visto a su madre. Ella y sus amigas habían ido al cine. Después apareció muerta entre los escombros”, dice. Pero también allí vivenció la solidaridad en su más amplio sentido. "Entre todos se ayudaban como podían”.
Quizás por falta de conciencia o por desesperación es que con su madre volvió a entrar a lo que había quedado de su casa. Buscaron un bracero, un elemento ideal para pasar esa y muchas de las noches que siguieron a la intemperie.
"Mis padres eran muy valientes. Incluso mi padre a los días volvió a limpiar su negocio y fue el primero que abrió en la zona. El le decía a la gente que no se fueran de San Juan, que la provincia los necesitaba”, relata la mujer que vivió en la misma casa hasta 1954, vivienda que soportó dos terribles terremotos (el del "44 y el del "52).
Después de aquella noche a su amiga Roxana no la volvió a ver hasta el año siguiente. Es que ella junto a su familia -como tantos otros sanjuaninos- se fueron a Mendoza.
Hasta ahora y con siete libros publicados, no ha escrito ni una línea de un poema o un cuento sobre el terremoto. Lo considera un tema doloroso. De todos modos, sabe que es su obligación, que ese terremoto ahora no quede sepultado por los sobrevivientes que empieza a morir.
