Provocador, cuestionado o admirado, pero nunca indiferente. Ayer falleció José Saramago, el escritor portugués que se consagró como Premio Nobel en 1998 y que tras su partida -a causa de una leucemia crónica- dejó como legado una obra prolífica y fiel a su pensamiento; afín al comunismo (fue miembro activo del PC) y crítico de la religión y sus instituciones.
Asiduo visitante a la Argentina y admirador de Borges, Sábato y Cortázar – ‘que me dieron una sensación de cercanía, porque la literatura argentina tiene una vocación universal ‘, dijo-, Saramago (apellido que corresponde a un apodo de su familia, y que el funcionario del registro civil colocó, dicen, como broma) nació en un pueblo rural de Portugal, el 16 de noviembre de 1922 como José Sousa. Hijo de una pareja campesina sin tierras y de escasos recursos, el humilde origen marcó a fuego la filosofía del escritor, amante del mate y el dulce de leche, ‘delicias’ a las que adhirió tras su corta vida con su familia en Argentina, cuando era un niño.
Fascinado por la lectura -pese a que debió abandonar la escuela y trabajar, porque sus padres no podían pagarle estudios- Saramago leía todo lo que le ofrecían las bibliotecas públicas en su juventud (cuentan que en su vejez, todavía podía recitar algunos clásicos de memoria). Pero fue muchos años después que comenzó a escribir… y con poca suerte. Ya casado y con una hija, en 1947 publicó su primera novela, Tierra de pecado, que no funcionó. Insistió con otra, Claraboya, que ni siquiera se publicó. Entonces durante 20 años dejó de escribir. ‘Sencillamente no tenía algo que decir y cuando no se tiene algo que decir lo mejor es callar’, explicaría.
A fines de los "60, y luego de trabajos varios (agente de una compañía de seguros, periodista, subdirector de un diario y crítico literario, entre otras.) se volcó de lleno a la Literatura, pero no fue hasta 1980, con la novela Levantado del suelo (historia de varias generaciones de campesinos portugueses, testigos de las penurias del campo) que definió estilo -una narrativa desgarrada y reflexiva- y ganó reconocimiento. A partir de allí publicó casi sin descanso, abordando temas varios (contra la injusticia, la globalización o la pobreza), no exentos de humor y fina ironía, y cosechando tantos admiradores como detractores.
En 1993, tras la crítica que levantó El evangelio según Jesucristo en los sectores católicos y conservadores, se instaló en Canarias, con su segunda mujer, la periodista española Pilar del Río, traductora de su obra y 28 años más joven (con quien además se casó por segunda vez en 2007, casi 20 años después de la primera). Desde allí disfrutó de múltiples reconocimientos, aunque sin dudas el más importante llegó en 1998, cuando la Academia Sueca de las Letras lo encontró merecedor del Premio Nobel de Literatura en mérito a un trabajo que ‘con parábolas sustentadas con imaginación, compasión e ironía continuamente nos permite captar una realidad fugitiva’.
‘Yo no escribo por amor, sino por desasosiego; escribo porque no me gusta el mundo donde estoy viviendo (…) Escribo para desasosegar, para no dejar que la gente se duerma’, había dicho alguna vez este hombre de ceño duro y gruesos anteojos, a quien no lo atemorizaba la muerte. Un objetivo que seguirá vivo a través de sus libros.
