Posiblemente si usted no vio el partido entre Barcelona y Villarreal, o si en ese momento ante tanta oferta futbolística hizo zapping y se lo perdió, podrá ingresar a las redes sociales y observar la escena, triste por cierto, en la que el lateral brasileño del Barcelona, Dani Alves, se toma su tiempo antes de tirar un córner para caminar un par de pasos ingresando al campo de juego, agacharse, alzar una banana que le arrojaron desde las tribunas del estadio Madrigal, del Villarreal y, con toda la pasmosidad del mundo, ante la atenta mirada del árbitro asistente, pelarla y comerla.
En otras circunstancias, si el jugador hubiese querido sacar alguna ventaja deportiva, habría protestado aduciendo que lo trataban de mono, o mico como dicen los españoles. En esta situación, con el Barcelona golpeado deportivamente por los resultados y anímicamente por el fallecimiento de su exentrenador Tito Vilanova, ocurrido el sábado, Dani tuvo una reacción digna de elogio. No echó más leña al fuego y continúo concentrado en su trabajo que es jugar a la pelota.
Pero más allá de que en la cancha lo tomó con soda a la hora del análisis posterior dejó una reflexión realista y dolorosa. "Hay que tomárselo así. No vamos a cambiar nada, llevo once años con la misma cosa en España y hay que reírse de estos retrasados’, afirmó dando una gran lección de civilidad en el primer mundo.
La semana pasada falleció "Hurricane’ Carter un exboxeador que pasó 20 años en la cárcel por un fallo racista en los Estados Unidos de los años "60. Aquello de "la raza superior’ que quiso imponer Hitler en la Alemania Nazi fue hecho trizas en los Juegos Olímpicos de Berlín por Jesse Owens, un negro que era un rayo en la pista de atletismo. Entre ese hecho y el de ayer pasaron 78 años, una vida. Y poco o "nada’, como dijo Alves, cambió. Con acontecimientos de esta índole, la humanidad afirma su retroceso.
Por Fabio Garbi
DIARIO DE CUYO
