Las sociedades que evolucionan son aquellas que van superándose desde la grandeza intelectual, moral y política con la capacidad de prevenir problemas o situaciones de conflictos, las que ofrecen vertebradas posibilidades de generar ideas y oportunidades que posibiliten el mejoramiento de estándares de vida a los ciudadanos de todas las edades y niveles sociales en un imaginario plano de igualdad humana, las que brindan soluciones a demandas irrefutables desde un lógico marco de raciocinio que satisfaga y supere toda expectativa sectorial, pero, y así lo demuestran los anales de la historia en toda la geografía mundial, las naciones en franco crecimiento han sido aquellas que han contado con auténticos estadistas que han llevado a cabo planificaciones estratégicas de políticas educativas en el marco de una Política de Estado en educación.
Esos jefes de Estado que con sus improntas han trascendido sus propias fronteras geográficas, temporales e ideológicas han afirmado con rotundo convencimiento que el éxito de sus mandatos presidenciales han sido, y perduraron en el tiempo, al convertir sus países, en el concierto de las naciones en desarrollo, en un lugar de esperanzas ciertas, basado en un sistema educativo sólido, perfectible y superador a las nuevas condiciones que supone la dinámica del progreso. La carencia de ellas, la ausencia de dirigentes políticos y gremiales que no tienen el coraje cívico de enfrentar los hechos y momentos que la actual situación demanda, nos ha ido llevando de manera sistemática a generar una educación de la cual ningún argentino se enorgullece pero si nos avergonzarnos porque el Estado preexistente de la educación es lisa y llanamente el resultado de la impericia, indolencia, incapacidad e irresponsabilidad de todos los funcionarios y dirigentes políticos que actúan con intervenciones y decisiones que han alterado esperados resultados en función de mezquinos intereses que la política permite, alejada del bien común. No hay nada más apropiado y acertado a las actuales circunstancias que aquella frase: "Pueblo que no tiene historia ni aprende de ella, incapaz será de tener un presente que le permita forjar un futuro promisorio+.
Un somero raconto iniciándolo con aquella sabia ley 1420, el enfrentamiento de la educación pública con la educación privada, el incuestionable fracaso de cientos de miles de jóvenes a su ingreso a la educación universitaria por la cada vez más crónica pauperización de la calidad educativa argentina que se ha ratificado con los resultados de las pruebas Pisa 2012, por la cual queda demostrado a la vidriera mundial que nuevamente hemos descendido en forma continua en estos últimos dos decenios al puesto 59 de 65 países monitoreados, la anomia del Estado por la jornada escolar extendida que pone en evidencia que las leyes también son incumplidas e inobservadas por el poder político con total desparpajo interponiendo excusas que son una falta de respeto a la inteligencia ciudadana, o podemos citar que las horas de clases educativas efectivas son las más bajas de los sistemas educativos mundiales. Pero eso sí ocupamos el privilegiado 2º puesto entre los países de nuestro planeta que cuenta con más feriados y días de "no trabajo”. Ese continuo desgranamiento nos lleva a este momento actual donde el sistema educativo está sometido a las sórdidas especulaciones de quienes diseñan las políticas sociales, pues someter a toda la comunidad educativa a transitar la cornisa del tiempo para iniciar el ciclo lectivo con negociaciones por salarios dignos y merecidos, pero no para quienes están sentados en el sillón del poder, someterlos a presiones e inquietudes psicológicas, aplazar los urgentes tiempos de negociaciones que todo el universo de educandos, educadores, familiares y parte de la sociedad involucrada en la educación por un discurso político presidencial vacuo en contenido de políticas estatales presentes y futuras, y desconsiderado hacia la docencia nacional con una manifiesta indolencia e insensibilidad que nos muestra y ratifica desde la palabra de la primera mandataria que la educación de la nación argentina debe seguir esperando soluciones y aportes, que la educación para quien ocupa el Sillón de Rivadavia no es prioridad para el gobierno, que la educación es un factor negociable, que la educación de los argentinos puede seguir perdiendo efectividad, calidad, respeto, valoración. Es la marca registrada de la política argentina para su educación y su pueblo.
(*) Profesor.
