Hace más de cien años que las drogas se prohibieron por primera vez. Las guerras del opio fueron dos conflictos bélicos que ocurrieron en el siglo XIX entre los imperios chino y británico. La primera duró entre 1839 y 1842. La segunda, en la que Francia se implicó con los británicos, estalló en 1856 y duró hasta 1860. El emperador censuró el opio en China debido al efecto negativo de éste en la población. Los británicos, en cambio, veían al opio como el mercado ideal que los ayudaría a compensar el gran comercio con China. En todo este siglo de guerra contra las drogas, nuestros expertos y gobiernos nos han contado una historia sobre la adicción. Esta historia está tan arraigada en nuestra mente que ya la damos por hecho. Parece algo obvio, no obstante, lo que aprendí es que casi todo lo que nos han contado sobre la adicción es falso; hay una historia diferente a punto de ser contada. Si logramos que escuchen esta nueva historia, tendremos que cambiar mucho más que la guerra contra las drogas. Tendremos que cambiarnos a nosotros mismos.
Aunque las sustancias no son inocuas, no es la raíz del problema. Existe por lo tanto una necesidad humana al consumo de sustancias que alteren la conciencia de nuestros cerebros para que la realidad pueda ser vista de una forma diferente y esta no termine por destruirnos. En la búsqueda por sentirnos mejor, además de ser queridos, reconocidos, amados, mimados y al no poder acceder fácilmente a estas demandas naturales del ser humano, un día cualquiera se nos cruza en el camino una sustancia, objeto o comportamiento que logra ‘mágicamente’ abrazarnos, consolarnos, y por sobre todas las cosas escucharnos y entendernos.
Esto nos da una visión que va mucho más allá de la necesidad de entender a los adictos. El profesor Peter Cohen defiende que los seres humanos tienen una necesidad profunda de apego y de crear vínculos. Es así como obtenemos satisfacción. Si no podemos conectar con las personas, conectaremos con cualquier cosa que encontremos, el zumbido de una ruleta o el pinchazo de una jeringa, beber desde la mañana temprano, o directamente con la violencia de genero. Afirma que deberíamos dejar de hablar sobre ‘adicción’ en general para empezar a llamarlo ‘apego’. Un adicto a la heroína se ha adherido a ella porque no ha podido vincularse con otra cosa hasta ese punto.
La teoría del apego es la teoría que describe la dinámica de largo plazo de las relaciones entre los seres humanos. El psiquiatra y psicoanalista John Bowlby sostiene que su principio más importante es ‘que un recién nacido necesita desarrollar una relación con al menos un cuidador principal para que su desarrollo social y emocional se produzca con normalidad’. Este adulto deber estar disponible y accesible.
Aquí comienza la nueva historia a la que hiciera referencia al principio. Si de niños fuéramos criados al amparo y cobijo de un cuidador (figura materno/paterno), que estuviese disponible y accesible, nos diera amor, cuidados especiales y se interesara por nuestras necesidades, las drogas no se cruzarían en nuestro camino.
El aumento de la adicción es un síntoma de una enfermedad más profunda, de la forma de vida que llevamos.
Lo opuesto a la adicción no es la sobriedad. Es la conexión humana con vínculos saludables que permiten a las personas conectarse con su entorno más inmediato de forma que se sienta amado, reconocido, valorado, escuchado y con sus necesidades básicas satisfechas.
Bruce Alexander, un psicólogo y profesor emérito de Vancouver, BC, Canadá, sostiene que este descubrimiento es un profundo reto tanto para la visión conservadora de que la adicción es un fracaso moral debido a los excesos hedonistas, como para la visión liberal de que la enfermedad es una enfermedad que tiene lugar en un cerebro químicamente secuestrado. De hecho, dice que la adicción es una adaptación. No eres tú. Es tu jaula, tu cápsula química.
Deberíamos incursionar definitivamente a nuevas miradas sobre la prevención y asistencia de las adicciones. Aunque las sustancias sean distintas (drogas blandas/duras, alcohol, juego, vínculos violentos, etc.), todos tienen la misma raíz. Esta raíz se ha engendrado en la falta de modelos de vínculos saludables y fueron sustituidos por vínculos tóxicos.
Los gobiernos deben recuperar políticas de acción, para restablecer las familias, proponer un nuevo contrato social de modelos saludables, capacitar y ampliar la percepción, como así también el despliegue de las potencialidades de los individuos.
Sin políticas que tiendan a establecer los roles que una vez fueron pilares de nuestras familias, y realizando los cambios necesarios para una mejora en la comunicación de padres e hijos, como así con los demás, nada cambiará. Seguirán las personas transitando por diferentes establecimientos buscando ser atendidos y ayudados a recuperarse y reinsertarse en una sociedad que será la misma que antes de que comenzaran a consumir.
