85 kilómetros de la Ciudad de San Juan. Calor, tierra, viento. Día martes. 40 grados a la sombra. Todo junto como una perfecta combinación de que había que demostrar pasión por el Dakar made in San Juan. Y la gente, lo volvió a hacer. Tal vez con menor resonancia que aquel paso del 2010, pero con todo el corazón puesto en una fracción de segundo para respirar más fuerte, para aplaudir, para gritar y saludar a pilotos que ni siquiera verán ese gesto. Pero estaban todos. Los de siempre, los nuevos. Los eternos. Así, haciendo ya sentir que San Juan es Dakar y que tiene marca registrada a la hora del respaldo de la gente.
Algunos, varios en realidad, repitieron el rito que se hizo carne desde que el mundo Dakar eligió San Juan: la previa maratónica, de asado, amigos y mucha adrenalina. Como ese grupo de amigos Fernández, Salinas, Martínez, Sánchez y Saires quienes decidieron vivir el paso del Dakar como debe ser. Se animaron a desafiar el calor y el lunes a las 11 -24 horas antes del paso del primer vehículo- ya estaban instalados. Primero en Pedernal y luego, al pie de la magnífica tribuna natural que ofrece la Quebrada de la Flecha. Una historia que pinta de cuerpo entero lo que genera este rally. Pero la ansiedad de las 24 horas previas empezó a tomar otra dimensión cuando el río seco de la Quebrada empezó a ser una playa de estacionamiento gigante. Ya nada fue igual. La pelea de gendarmes y policías contra esos curiosos eternos que nunca están conformes y siempre desafían cualquier límite para estar cerca, más cerca, de cada máquina. Pasaron las 11. Se venía el momento y la tensión creció. Era el momento. Pero la espera se alargó mucho más de lo esperado y el paso de la primera moto, la de Marc Coma, recién se dio a las 12,36 y ahí estalló la Quebrada. Por fin. Después de 25 horas y 26 minutos de espera, los Fernández, Salinas, Martínez, Sánchez y Saires reflejaron la satisfacción de todos los que se animaron a desafiar el calor. El Dakar ya estaba entre ellos y si las piedras se derretían con el infernal calor, ya no tenía importancia. Esos 15 segundos cara a cara con los ídolos del rally valían la pena todo sacrificio.
El paso de las motos se fue estirando en el tiempo y para los sanjuaninos, el piloto a esperar era Sergio Cerdera. No llegaba y lo esperaban. Casi una hora después, a las 13,22 el argentino Tomás Maffei apareció surcando el río seco de la Quebrada a bordo del primer cuatriciclo en competencia. El segundo plato estaba servido y para los adoradores del Dakar, el sacrificio estaba pagado. Motos y cuatri, en un desfile incesante, hicieron que la previa para el plato principal fuera más que amena. Cada uno de los pilotos que pasaron se llevó el aplauso y el reconocimiento de esa gente, de los adoradores del Dakar.
A las 14,03 se sacudió la siesta en la Quebrada. En Mini Cooper de Peterhansel venía casi en el aire. A fondo. Silbando por sus escapes. La gente enloqueció. Fue gritos, aplausos. De plus, pisando los talones el Hummer de Al Attiyah. Un festín de sonidos, piedras, tierra y adrenalina. El plato principal estaba en la mesa.
Nadie más podía querer más. Los Sisterna le pusieron condimento a ese momento especial. San Juan los recibió como se lo merecían. Más tarde, otro tributo al restante sanjuanino en carrera, Ricardo Martínez, que a su paso vio cómo lo saludaban. Festín casi completo, se podría decir. Pero faltaba el postre y lo dieron gigante. Después de dos horas y 50 minutos, el Iveco del holandés Hans De Rooy hizo que se viniera abajo la Quebrada. Era el momento de que los adoradores del Dakar dejaran bien clarito que pese a todo, su pasión no tiene límites.
