La renuncia de Carlos Cheppi -Secretario de Agricultura y Ganadería- y los remezones en el ministerio de Débora Giorgi, activaron esta semana la rápida reacción política y operativa del gobernador José Luis Gioja y de la máxima dirigencia de la COVIAR, la Corporación vitivinícola. Los temores de los cuyanos del vino tenían su asidero, porque están en juego en manos de Cheppi y de la ministra Débora Giorgi -de la Producción Nacional- varios temas que implican recursos para el sector y planes estratégicos de integración de productores con bodegueros y la campaña de promoción del consumo de vino en el país y en las vidrieras del mundo (rubros ambos que mantienen la dinámica del sector en buenos índices, pese a la crisis mundial).
El jueves mismo aterrizaron en Buenos Aires, José "Catuco" Molina -el presidente de la COVIAR- secundado por Eduardo Sancho, vicepresidente y el ministro Jorge Benítez, de la Producción sanjuanina. La acción de la mesa del vino y de la fuerza política de Desamparados, jugó sus cartas a un objetivo práctico: Gioja, por ejemplo, dijo haber conseguido el compromiso de Carlos Cheppi, para que antes de hacer definitivamente sus valijas (su tarea será reemplazada por un ministerio a cargo de la Agricultura, Daniel Domínguez, de los equipos del super ministro Aníbal Fernández), deje finiquitada la tramitación del préstamo de 50 millones de dólares, comprometidos por el BID, Banco Interamericano de Desarrollo, para la integración de grupos de viñateros a sus respectivas bodegas elaboradoras, con contratos a 10 años. Además, la ministra Giorgi prometió a Gioja activar antes de irse, los primeros recursos de una parte del 50 % de las retenciones a las exportaciones del vino, para aplicarlos a las campañas internas y externas de promoción del consumo de vinos.
El gobernador y los hombres de la COVIAR, se mostraron esperanzados en que el compromiso se haga realidad, en un enmarañado frente político en las áreas de Promoción y de Agricultura. Al volver a casa, el ministro Benítez parecía menos optimista: Supone que difícilmente las cuestiones pendientes de la vitivinicultura puedan eludir las postergaciones y demoras que siempre traen consigo los cambios de hombres y los replanteos de los planes. No es un dato menor. El 30 de septiembre vence un plazo ejecutivo para el préstamo del BID; las campañas de promoción y publicidad de los competidores del vino -aquí y en el exterior- están en plena marcha y se viene el verano.
¿A las viejas prácticas?
El planteo de algunos bodegueros con buenos mercados, en el sentido de que si la bonanza de las exportaciones continúa, íbamos a necesitar a mediano plazo, unas 10.000 hectáreas más de buenos cepajes para llegar a cumplir los compromisos comerciales con el exterior, abrió un debate a sobre el modelo vitivinícola que se viene. Incluso desentrañó una realidad: ya hay emprendimientos productivos que están plantando variedades "INTA Patricia e INTA Aconcagua", que tienen altos rendimientos por hectáreas lo que las hace ideal para secaderos de pasas y para concentrados de uva -mostos-, con producciones que superan los 70.000 kilogramos por hectárea y provienen del cruzamiento entre las variedades Moscatel Rosado y CG530. EL creciente protagonismo de los tintos, además, está haciendo proliferar variedades "tintoreras" en el Valle de Uco mendocino. La preocupación de algunos dirigentes vitivinícolas, es que -ante tanta incertidumbre y mensajes cruzados- se caiga en la tentación de volver a las viejas prácticas implementadas durante la década del ’70 donde la premisa era "superproducciones, aún en detrimento de la calidad".
