‘La gente no se da cuenta lo feo que queda que tiren papelitos al pasto‘, se lamenta Iván, uno de los chicos que desde hace pocos días, forma parte (junto a otros 5 compañero de la Escuela de Educación Especial Alfredo Fortabat) del grupo que tiene a su cuidado el rosedal que rodea al Centro de Convenciones Guillermo Barrena Guzmán. La experiencia para ellos tiene un valor incalculable, porque al mismo tiempo que pueden poner manos a la obra y practicar todo lo que aprendieron en la especialidad Agropecuaria a la que concurren. También pueden ensayar cómo es salir a la vida y ser independientes, lejos de las paredes protectoras de la escuela. Por eso, para Iván, Diego, Federico, Jorge, Gonzalo y Mauricio, la tarea de limpiar los alrededores de los rosales cada lunes es un asunto serio: no es fácil lidiar con la basura que dejan los que van a ese sector durante los fines de semana. Y aunque la función de ellos es dedicarse al mantenimiento de las plantas, no pueden menos que señalar lo mal que queda que la gente ignore los basureros y arroje los residuos en cualquier parte o peor aún, que rompan las flores que ellos tanto cuidan.
Sin descuidar un detalle, los chicos ocupan tres días a la semana en esa tarea. Pertenecen al Taller Agropecuaria II, de entre 18 y 24 años, y concurren poco más de 3 horas durante esas 3 jornadas a la semana para poner en práctica lo que aprendieron.
Los otros dos días, la misma función la cumplen los chicos del taller de la tarde, para que los jardines siempre tengan quien los cuide. ‘Esta práctica tiene un doble sentido. Por un lado, que puedan utilizar en la vida real los conocimientos que adquirieron en la escuela, pero más importante todavía es que aprendan a manejarse solos, a salir de la escuela e integrarse a la sociedad, a tomar un colectivo para ir y venir de manera responsable‘, explica el profesor Adrián Orellano. Junto con Adriana Rodríguez y José Aramburu, son los encargados de coordinar las actividades del grupo, que permanecerá en esta tarea hasta fines de noviembre, cuando terminen las clases.
‘Primero, hay que poner tierra negra, que le hace bien a las plantas. No hay que olvidarse de regarlas y ver si están sanas. Y cuando es el día de la madre, se puede cortar una para llevarle a su madre‘, dice Diego sonriendo, sobre el trabajo que hace día a día. Con ojos pícaros, sus compañeros se apuran a contestar sobre lo que más les gusta del trabajo en el rosedal: ‘Ver a la gente que pasa, porque hay muchas chicas lindas. Pero solamente las miramos, sin decirles piropos‘, dice uno de ellos, ante la risa del resto.
Cargando la carretilla, o desmalezando los canteros para que los rosales puedan tener espacio para crecer, transcurren sus días. ‘En el taller de la escuela, hacen estas mismas cosas. La diferencia es que aquí es un trabajo, con todas las implicancias que eso tiene: desde el hecho de que tienen que cuidar la ropa que visten hasta cómo trabajan en equipo y cómo se desenvuelven en la relación con las demás personas que trabajan con ellos. Aprenden normas de vida en la sociedad, cómo dirigirse a otro y como valerse por sí mismos, respetando y haciéndose respetar. Eso es lo más importante‘, dijo José, otro encargado del grupo.
Si todo sigue su curso, la Municipalidad de la Capital podría tomar en cuenta la evaluación de los profesores para otorgar pasantías a algunos de los chicos. ‘Es una forma de aprender a trabajar.
Para ellos, es lo más importante. Y lo más gratificante para quienes queremos su bienestar y su integración‘, dijo el docente, como conclusión.
