Sobre un mundo de blanco y negro, donde las cosas son de bajo perfil, más dulces, pero más contundentes, se ha desplegado una escena familiar. Estamos todos los que somos, la familia y un amigo, Antonio Juárez. Una pequeña mesa de una confitería con show (la vieja "Dunia" de Rivadavia casi General Acha). Allí, días antes, habíamos estrenado la magnífica zamba "Angélica" ante una multitud que desbordó el coqueto local.

Se ve sobre la mesa un sifón de vidrio, posiblemente de soda La Herculina, y una botella de vino, quizá aquel Barbera de Asti de la perdida Bodega Gualino y Escolar. Algunas personas del fondo quizá ya no vivan o estén en otro lado. Con Hugo, casi adolescentes, recién comenzábamos el periplo por la música. Hacía muy poco nos había recibido Buenos Aires con gran acogida. Delia, mi hermana, una niñita. Ya "el sueño de nuestros padres jóvenes…", como los recuerda nuestro vals "Romance de mi niñez". En la calle, pocos colectivos de formato corto abandonaban temprano a su suerte ese sábado de aquel San Juan. El dueño del local, el "gallego" García, seguía fiel a su acento español. La ciudad era aún una herida, modo realista de pintar las manchas y cicatrices del terremoto que a pesar de haber sucedido más de veinte años atrás, se percibía. Había baldíos por todos lados, discretos árboles, los actuales plátanos; las retretas en la plaza Veinticinco ya se habían mandado a cambiar, y nadie imaginaba peatonales.

Un aroma a papas con leche, especialidad de mi madre, inunda el pequeño departamento. Automóviles que no sobrevivieron, como los De Carlo, Ratón Alemán o Isard, nos llevan a las peñas del centro o de los barrios, conducidos por algún amigo, a cantar o a escuchar a los Hermanos Orellano, a los poemas camperos que recitaba Jorge Darío Bence o al gran dúo de los Hermanos García.

Me he puesto el trajecito azul comprado en una tienda humilde, que debo planchar casi permanentemente. El colectivo 7 trae reclutas del Regimiento. El camión del sodero cruje su vejez por calle Mitre. Me parece que esta noche voy a morir de amor, cuando consulte en la almohada los ojos de aquella que vi esta tardecita. Estos adolescentes ya han recibido los primeros derechos de autor por las zambas "Recordemos", y "Sola". La mesita de la confitería Dunia se mece en un universo morado y lustroso de nostalgias. La fotografía en blanco y negro se me antoja pudo ser una de las últimas palomas mensajeras de quien la sacó. En el departamento de arriba llora un bebé. En el de abajo afinamos con Hugo una guitarra de ausencias y comenzamos la primera canción. Mi padre vuelve a lagrimear y mi madre nos mira mansamente desde la cocina. Todo eso está.

(*) Abogado, escritor, compositor, intérprete.