Viajar, salir de vacaciones, conocer otros lugares, palabras cuyos sonidos cambian en la medida en que el mundo y la propia vida también lo hacen. La ilusión de casi todos desde que ponemos a navegar nuestro primer barquito de papel en un pequeño charco; desde que por primera vez vimos correr hacia atrás un paisaje a través de la ventanilla de un ómnibus o automóvil; desde que….sí, desde que nos hablaron por primera vez de Colón. Los que no pueden alejarse de la ciudad intentan pasar los fines de semana cerca de nuestra capital. Es cierto, hay lugares paradisíacos: Iglesia, Calingasta, Valle Fértil, etc.; pero para los fines de semana ‘largos’ y sujetos a factores económicos que obligan a la meditación. Por otra parte, esos tipos de feriados no ocurren con frecuencia. Sí la necesidad de distenderse, si no todos los fines de semana, casi todos. Es que el ritmo de vida que nos imponen los actuales momentos así lo exigen. De manera entonces que se eligen lugares cercanos y por ello no menos hermosos: por ejemplo: algunas márgenes de nuestro río, el bosque de Zonda, el camino a la Difunta Correa, etc. donde gran cantidad de vehículos estacionan y comienza el consabido ritual: primero salen del rodado los niños, luego los mayores, quienes se encargan de los bártulos: reposeras, banquitos, mesa de camping, leña, canasta con la vajilla, heladera portátil, minicomponente, parrilla si es que no hay o están ya ocupadas, y por qué no una ‘mascota’ o la jaula con el canario. Como de ir a ‘descansa’ se trata, hacen caso omiso o ‘se las aguantan’ a que desde un automóvil cercano, con las cuatro puertas abiertas inclusive el baúl, se oye la música de su equipo de audio que perfora los tímpanos. Después de unos mates, leer el ‘Cuyo’ dominical comentando sus notas y, rayando el mediodía aparecen los ‘fueguitos’ por doquier, incluso el de nuestro hipotético caso, inequívoca señal de lo que vendrá: las parrillas conteniendo lo que imaginamos, hábil y sabiamente controlado por el padre, servido por la madre y devorado por todos. Naturalmente, mientras llega la hora del ‘partido’, la ‘siestita’ de los mayores, los jóvenes pasean. A las pocas horas nuevamente el mate, esta vez acompañado por las infaltables ‘vedettes’: las facturas. Algunos momentos más y el domingo comienza a irse; el agua para el mate está fría, de las facturas solamente las migas, y el sol comienza a esconderse detrás de los cerros. Se cargan nuevamente los elementos (quizá no ubicados con la misma prolijidad que al principio) y se vuelven a bajar llegando a casa, donde la madre, con abnegada vocación, lavará la vajilla usada por toda la familia. El sanjuanino, como otros argentinos, convirtió lo que a cualquier extranjero podría parecerle una sutil manera de martirio. El reloj marca las horas y aparece entonces esa especie de ‘mufa’ característica en los domingos por la noche. ¿Será porque al día siguiente es lunes?.
