Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: "Efatá”, que significa: "Abrete.” Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente (Mc 7,31-37).

"Digan a los que están desalentados: ¡Sean fuertes, no teman!” (Is 35,4). Con estas palabras comienza la primera lectura de la Misa de hoy. Debo decir que no me resulta fácil repetirlas en el contexto dramático que vive gran parte de la humanidad de Medio Oriente. Hay que seguir pronunciándolas, pero además hay que grabarlas para que no se borren, porque nos interpelan a todos respecto a la indiferencia hacia aquellos que viven el desaliento. El drama de los refugiados, se ha transformado en un genocidio ignominioso en estos tiempos donde los hombres y mujeres de la posmodernidad nos jactamos de haber logrado notables avances tecnológicos y tener al mundo en nuestras manos a través de la globalización.

Lo cierto es que nos avergüenza que nos llamemos "humanidad” y no hayamos sido capaces de crear un mundo "como la gente”. Nos avergüenza ver a centenares de miles de seres humanos abandonando sus tierras de origen, desplazándose a pie en una Europa a la que llegan en botes rudimentarios, que les da la espalda, los traba en Hungría, los observa con indiferencia unida a la mortal desconfianza. Mientras tanto, el resto del mundo se limita a observar como espectador lejano, esbozando una actitud lastimera que humilla a la dignidad humana. La irrupción en el campo de batalla sirio, del Estado Islámico (Isis), intensificó aún más un conflicto que ya se cobró la vida de 230.000 personas y provocó que 11,5 millones de sirios hayan abandonado sus hogares. El autoproclamado califato ya controla parte del norte y oeste de Irak, y más de la mitad oriental de Siria.

El pasado jueves, la fotografía del cuerpito de un niño muerto extraído del mar, en los brazos de un soldado turco, ha golpeado fuerte en millones de personas como una gota de verdad, con el dolor desnudo, y la gravedad de una herida que día tras día se abre. Ver esa foto es opcional, pero ignorar la realidad que se esconde detrás de ella, es inaceptable.

No se trata de personas de todas las edades que emigran porque desean "vivir mejor”, sino que lo hacen porque simplemente quieren "vivir”. Nada más ni nada menos.

Ese niño comenzó a morir el día en que debió abandonar en forma inerme, con sus padres y su hermano, una tierra que para él era una casa, y para otros un campo de batalla cada vez más atroz, por la complicidad o el interés económico de los denominados "grandes” del mundo. Es importante que la humanidad toda, abramos los oídos como el sordo del evangelio de este domingo, y escuchemos las palabras del padre de ese pequeño, el único sobreviviente de toda una familia que se ha transformado en el ícono de la tragedia de dos pueblos: el siriano y el kurdo. Para él, esposo sin esposa y padre sin más hijos, ya no hay meta deseable. Él mismo lo decía llorando: "se me acabó la esperanza”, y sólo existe el oscuro regreso al punto de partida, en la ensangrentada Kobane.

Se emigra por el ansia de un mañana, que como en este caso, termina en un presente trágico, desfigurado por el egoísmo de aquellos a quienes ese padre gritó solicitando ayuda y de quienes sólo recibió silencio. ¿Las armas del Isis, quién se las provee? ¿Los negocios del petróleo y del poder, no son los que en parte han dejado que la contabilidad de la muerte comience a registrar cifras humillantes que le van ganando a la vida? En el viaje de regreso de Sarajevo, el pasado 6 de junio, el Papa Francisco señalaba que "quien habla de paz y favorece la guerra con la venta de armas es un hipócrita. Vivimos una especie de tercera guerra mundial combatida por partes”.

Europa se jacta de pronunciar como un lema vacío: "libertad, igualdad, fraternidad”. Mientras tanto, a los humillados inmigrantes se les roba la libertad cerrándoles la puerta para que sigan como esclavos deambulando en la búsqueda incierta de un sitio digno de vida. Se habla de igualdad, y se los llama "clandestinos”. La fraternidad parece una utopía, cuando se los ve como rivales peligrosos, "usurpadores”.

Bastaría escuchar de nuevo al adolescente sirio que ha dejado caer otra gota de verdad en el vinagre de la rabia y la falta de memoria del Viejo Continente: "Detengan la guerra ya mismo, y no vendremos más a golpear vuestra puerta”. Ante tanta mudez y sordera, Dios y ellos nos siguen diciendo: "Abran sus ojos, oídos y corazones. Aprendan a abrir puertas. Sepan sumar en vez de dividir. No somos una "cuota" ni un número”.

En medio de este clima hostil, el grito de la vida sigue resonando. En la estación de trenes Keleti Palyaudvar de Budapest, dos mujeres sirias que esperaban subir a un tren hacia Alemania dieron a luz dos niñas: Sadan, cuyo nombre significa "Refugio” y Shems, que quiere decir "Esperanza”. Casi como para provocar la mente y el corazón de una humanidad a la que le cuesta acoger y pareciera no tener interés en detener el desaliento. A ese niño muerto en el mar le podríamos decir: "Aylan. No merecías morir ahogado en la frialdad del agua y de la humana indiferencia. No eras un inmigrante. No eras un prófugo. Eras un pequeño de 3 años que querías jugar seguro, lejos de las amenazas de la violencia y de la guerra. En el paraíso, junto a tu hermano, estarás abrazado y recibiendo las caricias de esa madre, que en la tierra te cuidaba, te besaba y arriesgó todo con la esperanza de que llegaras a la costa sano y salvo. Descansa en paz, Aylan. Dios nos perdone por haberte desilusionado”.