Los rostros firmes y aplomados que se siguen viendo en el gobierno nacional pese a los inconvenientes graves de las últimas semanas tienen su explicación en la lectura permanente de encuestas. Los números siguen siendo favorables a la gestión del Presidente no obstante la sarta de correcciones antipáticas que debió realizar el ejecutivo. Según Carlos Fara, que supo trabajar para Sergio Massa, el 47% de los consultados aprueba la gestión del ingeniero mientras que el 49 la rechaza. Hay otro fenómeno raro, se ha detenido la caída constante de 3 puntos promedio por mes que venía registrando la figura de Macri para estabilizarse cerca de los 50 puntos. El mismo consultor admite que la administración está pagando un costo muy bajo si se tiene en cuenta la magnitud de los ajustes realizados y el amplio universo de afectados. Hagamos un inventario cumplidos los primeros 7 meses de gobierno y contaremos temas realmente gruesos. Primero vino una devaluación del 50% que, como ocurre en todos los casos semejantes produce una disminución de la capacidad de compra de los salarios casi linealmente equivalente. ¿Es posible que la gente la hubiera descontado como inevitable sabiendo que se venía negociando dólares a precios mucho más altos que el oficial? Tal vez, pero una devaluación de semejante tamaño afecta absolutamente a toda la cadena de consumidores internos con ventaja exclusiva para los exportadores. Es obvio que los exportadores dan gran beneficio al conjunto allegando fondos frescos al país, pero en cantidad son pocos para sentarse a aplaudir. Casi a la par vino la reducción y eliminación de retenciones que para el caso de la minería fue total, también una decisión correcta e imprescindible pero contraria a la cultura previa tipo Robin Hood estigmatizando a los productores como ‘ricos‘ a quienes había que quitarles para poder dar a los pobres. (Sabemos hoy que el resultado fue contrario, un incremento sustancial de pobreza).
Luego vino una corta negociación de la parte remanente de deuda externa con papeles en mano de los ‘fondos buitre‘, aquellos compromisos de pago no cumplidos cuando Argentina declaró el default que fueron comprados, es cierto, a precio vil por ciertos fondos que luego reclamaron judicialmente y ganaron en New York. En este tema ayudó una actitud responsable de buena parte de la oposición incluyendo al justicialismo no camporista y de los gobernadores de distrito pero, aunque la incidencia económica no tuviera un grado alto de impacto en la vida hogareña inmediata, fue también una batalla costosa en un país muy acostumbrado a creer que sus problemas vienen de afuera. A esto siguió la actualización de las tarifas del transporte sobre todo en la ciudad de Buenos Aires. En el interior estas tarifas ya eran mucho más altas, así que en el ‘país profundo‘ no hubo ruido pero sí altos decibeles allí donde retumba todo, que es en la Capital Federal. En el medio vino el tiempo de las primeras paritarias y la exitosa gestión para limitar las pretensiones de los trabajadores para no incentivar la inflación y luego la primera aparición del sindicalismo que fracasó en el intento de que se prohibieran los despidos durante el lapso de caída de la economía. La pulseada fue interesante porque el razonamiento ‘no despidamos más gente‘ es muy atractivo y en él se prendieron algunos opositores con amplia presencia en los medios. El gobierno terminó torciendo el brazo contrario frente a la opinión pública. Por último, y en un marco en que no desciende la inflación, vino el capítulo de las boletas de gas con incrementos racionales desde el punto de vista técnico pero insoportables desde lo práctico. Batalla que se desarrolla en estos días pero en la que el período de desgaste político parece haber pasado su peor momento quedando registrado justamente en las cifras que estamos comentando. Tenemos que volver a decir que, frente a todos estos desafíos que se sabía había que enfrentar y que fueron explicitados profusamente en la campaña de la segunda vuelta de Cambiemos, la propaganda del nuevo gobierno rehusó utilizar el clásico recurso de echar la culpa al gobierno anterior. Lo hizo, según se explicó, para no agitar el clima de confrontación que había atizado en los últimos años Cristina. Recién ahora, aparentemente luego de comprobar que la crisis económica era más profunda de lo que se calculó, recordó aquél viejo instrumento. Vistas todas estas condiciones, la mayoría negativas, es comprensible la tranquilidad que transmiten las encuestas que dejan a la figura presidencial todavía un margen aceptable de capital como para insistir en las líneas principales y no tener que remontar ningún barrilete, salvo ajustes que pareciera se harán en el tema tarifas. Una ayuda inesperada, fue el tremendo descrédito del kirchnerismo asociado a la figura de López. Regalo del infierno pero regalo al fin. Otra, la desorientación del justicialismo, algo común a todo equipo que recibe un gol a los 48 minutos del segundo tiempo, como ocurrió en el ballotage. A esta posición, casi milagrosamente buena que ostenta Macri en este momento pese a la crisis, debe agregarse como curiosidad que en la mayoría de los distritos electoralmente pequeños carece de apoyos partidarios que ayuden a soportar y contrarrestar las lógicas críticas. Pero no todas son rosas y se ha abierto una herida que sangra por el costado de las expectativas. Solo una cuarta parte de la población declara sentimientos de alegría, esperanza y satisfacción frente al resto en que prevalecen bronca, tristeza y desánimo. También las encuestas reflejan menos optimismo por inversiones, creación de puestos de trabajo y descenso de la inflación. Del otro lado del fiel de la balanza se festeja éxito en la lucha contra la corrupción y en política exterior.
