Se cumplen hoy 100 años del nacimiento de una santa sin apellido. En tiempos de crisis de la Iglesia y de indiferencia de la sociedad frente al que sufre se hace necesario mirar a esta mujer como modelo de encarnación de la fe en medio de la pobreza espiritual y material, de la soledad y del vacío interior.
Madre Teresa es suficiente para identificarla. Calcuta, por otra parte, y unido al nombre Madre Teresa, más que un lugar geográfico, es un espacio en el que brilla la calidad más sencilla: acoger al que llega, y si no viene, se le busca, sin pedirle nunca razón de su vida y el por qué de su desvalimiento. Las cicatrices de unos cuerpos destrozados por el hambre y por la indigencia son avales más que suficientes para recibir al que llama a la puerta de una casa vacía de discriminaciones sociales o religiosas. Curar y servir: ese fue su lema.
¿A cuántos hombres y mujeres habrá llegado la atención caritativa de Madre Teresa? ¿Cuántos han sido los centros por ella fundados en todo el mundo? ¿Qué cantidad de dinero se ha invertido en ayudar a los que se acercaban a pedir ayuda en esos centros? No se sabe y tampoco importa mucho. La caridad no sabe de números. Se sirve a las personas. Ella curó heridas, pero nunca se olvidó de poner allí el bálsamo de la misericordia para que no se infecten con el odio y el deseo de venganza. Fue la más eficaz de las denuncias sociales.
No echaba en cara a los demás la injusticia, sino que les presentaba el rostro más hermoso: el del amor hecho ternura y misericordia. La mensajera luminosa del siglo XX nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, ciudad de los Balcanes. Recordarla en su natalicio es una invitación a imitar a esta "Madre de los pobres”, símbolo de compasión ante el dolor .
