Incertidumbre es una palabra que puede definir su vida laboral.

Incertidumbre por no saber si les tocará trabajar, por desconocer dónde lo harán o cómo serán tratadas en el lugar de trabajo designado ocasionalmente. A pesar de esto dicen que son felices por poder desempeñarse en la profesión que eligieron, aunque a veces sufren cuando alguien las llama ñoquis, porque cree que cobran sin trabajar. Así viven las 24 maestras interinas que integran el Equipo Móvil del Ministerio de Educación. Tienen la misión de cubrir suplencias cortas y están capacitadas para dar clase desde primero a sexto grado. Hoy festejarán su día, lamentando no tener un grupo de alumnos propio que las abrace y diga "¡feliz día, seño!".

Su lugar de trabajo se limita a un escritorio de madera ubicado en el segundo piso del Centro Cívico. Mueble que, de lunes a viernes y a la 7,30 en punto, rodean esperando ansiosas a que suene el teléfono. Esto es señal que alguna de ellas va a trabajar.

"Cuando se recibe un pedido de auxilio de alguna escuela porque una maestra se enfermó, nos peleamos para cubrir ese puesto. Es que amamos la docencia y nos duele no poder ser la maestra de un grado por todo un año y serlo sólo por unos días", dice María Elena Sisterna, una de las integrantes del Equipo Móvil.

Entre las tristezas que les provoca ser suplente por unos días, estas maestras enumeraran el no poder participar en la organización de un acto escolar, en excursiones ni en la graduación de algún curso. Pero, coinciden en que lo más dolorosa es ser tildadas de ñoquis y ser poco valoradas por las autoridades de alguna escuela donde les tocó trabajar ocasionalmente.

"Algunas directoras y maestras titulares nos miran con desprecio cuando nos presentamos a trabajar. En los recreos, muchas preferimos quedarnos en el aula antes que ir a tomar un té con las demás docentes para evitar pasar un mal rato. Recuerdo que una vez, una directora quiso que, además de dar clase, lavara los baños de la escuela porque había faltado la portera, y se enojó mucho porque no lo hice. Lo bueno es que éste maltrato no sucede siempre. Hay escuelas donde hasta mandan notas al ministerio pidiendo que nos dejen seguir trabajando en el lugar", cuenta Sulema González.

Para Teresa Bajinay, lo más doloroso de ser una maestra itinerante, es el encariñarse con un alumno y no volverlo a ver nunca más. También, el no recordar la cara de algún niño que en la calle le dice "hola, seño", porque alguna vez, algún día y en alguna escuela fue su alumno.

Mañana, a las 7,30, las 24 maestras del Equipo Móvil volverán a rodear el escritorio de madera, esperando tener la oportunidad de trabajar. Nuevamente cargarán en sus valijas una merienda por si tienen una designación.