Mientras Juan Ignacio cerraba alegre el libro que terminaba de leer y corría a la pizarra a dejar una marca como testimonio de su lectura, Facundo, un apasionado por los animales, elegía su libro sobre la vida de los conejos y se lo entregaba a su mamá para que se lo leyera en voz alta. Es que sólo tiene 5 años, como el resto de sus compañeros, y todavía le cuesta leer solo. Así, acompañados por sus mamás y hermanos, los chicos de la Escuela de Nivel Inicial Nro 11, de Rawson, participaron ayer del 7mo Maratón Nacional de Lectura, que se hizo en todo el país.
El Sol de la mañana acompañó la tarea y los chicos pudieron trasladar sus sillas enanas al patio. Las mamás también se sentaron en las sillas pequeñas y empezaron a leer. Algunas pusieron en juego todas sus expresiones y gestos para narrar mejor las historias. Otras se preocupaban porque sus hijos miraran con atención los dibujos de los libros de cuentos para que captaran mejor el mensaje.
En el fondo del patio, en el que se escuchaba los murmullos de las lecturas, Cecilia peleaba con un compañero por un libro más grande que el resto. Después del tironeo, la nena logró su cometido y victoriosa, acomodándose el pelo, le entregó el libro a su mamá para que se lo leyera.
De golpe empezó el movimiento. Es que, como se trata de un maratón, la escuela que lee más libros gana. Y a modo de tanteador, las seños ingeniaron un esquema novedoso: pegado en la pared, hecho en cartulina, había un gran cucurucho; cada vez que los chicos terminaban de leer, tenían que hacer un bollito de papel crepé, que simulaba una bocha de helado, y pegarlo sobre el cucurucho. La competencia estimuló a los niños, que agarraban puñados de libros y se los llevaban a sus familiares para que se los leyeran. Y también a las mamás, que tuvieron que leer cada vez más rápido para dejar conformes a sus hijos.
