Mario no era creyente, pero el cielo es un sitio suficientemente amplio y generoso para las discriminaciones; es una infinitud donde los poetas y la buena gente discurren casi mano a mano con Dios; por eso Mario Benedetti ha llegado allí por virtud de ese doble mérito.

Fue un participante convencido de una izquierda fundada -sobre todo- en el compromiso con la vida, que él supo expresar del modo más hermoso con palabras como espinas inevitables, con invitaciones al amor, con incitación a la búsqueda de lo básico en la sociedad; porque el ser humano, nuestro semejante en carne y alma, merece el mismo trato en el reparto de la justicia y la equidad. Para él, la vida fue salvarse con todos y no un atajo, un espejo donde uno pudiera verse digno todos los días.

Cuando un poeta puede decir cosas tan importantes de modo tan simple, su palabra lo ha justificado en esa tarea excelsa de expresarlo todo con imágenes y agasajos de amor; por todo esto, está bendecido por la luz, eternizado. Mario Benedetti condujo el alma de la gente por desfiladeros tan claros como su poema "Hagamos un trato": "Compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos ni hasta diez sino contar conmigo. Si algunas veces advierte que la miro a los ojos, y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles ni piense que deliro; a pesar de la veta, o tal vez porque existe, usted puede contar conmigo."

Mario fue un militante de los sentimientos; claro está, enunciados con una dignidad conmovedora, una belleza cristalina capaz de tocar las puertas de todos. No otro puede ser el rol del poeta. Si una poesía no es capaz de llegar a las mayorías, ha muerto. Si un atisbo de ternura expresada con arte no puede compartirse de ese modo, es un además frustrado. Mario Benedetti marcha al cielo con un coro de afinidades respaldadas por una inusual dignidad. Un hombre bueno golpea los portales celestes con los nudillos del alma y le confía a Dios, humildemente como era su costumbre, qué siente de sí: Hermano cuerpo te conozco, fui huésped y anfitrión de tus dolores, modesta rampa de tu sexo ávido; cuando me pides alma, ayúdame, siento que el frío me envilece, que se me van la magia y la dulzura; hermano cuerpo eres fugaz, coyuntural, efímero, instantáneo, tras un jadeo acabarás inmóvil; y yo que normalmente soy la vida, me quedaré abrazada a tus huesitos".