En un mundo cada vez más globalizado, el impacto de la crisis económica mundial está afectando a los argentinos de manera muy diversa. Y esto es así porque el crecimiento no se ha dado de forma regular o pareja a lo largo y a lo ancho del país.
En este nuevo escenario global apenas un puñado de municipios (como los de Rosario y Rafaela, en Argentina, o Curitiba y Porto Alegre, en Brasil) aprovecharon los tiempos de bonanza y establecieron bases sólidas para su desarrollo sustentadas en el despliegue de estrategias propias de internacionalización.
Mientras estas excepciones se forjaban, la mayoría de los municipios se mantuvieron al margen de la intervención deliberada en el campo internacional, sumidos en la lógica necesidad de dar respuesta a las urgentes demandas cotidianas. ¿Pero podría pensarse acaso que los municipios más internacionalizados descuidaron sus compromisos más inmediatos? La respuesta es: de ninguna manera, todo lo contrario.
Ante circunstancias como las actuales muchas administraciones locales han comenzado a montar comités de crisis e implementar políticas focalizadas de corto alcance tendientes a cubrir la caída de la actividad económica y el empleo. Si bien estas medidas son necesarias, no resultan suficientes para amortiguar impacto y sortear los escollos.
Repensar a los municipios desde la óptica de su internacionalización parece ser una de las claves que el mismo problema ofrece para encontrar la salida.
Fue la internacionalización el motor que le permitió a la Argentina salir de la crisis del 2001-2002, aunque, ciertamente, en esa oportunidad se trató más de un camino recorrido de manera espontánea, impulsado por la necesidad y la intuición del sector privado que una decisión estratégica ejecutada de manera sistemática por los gobiernos comunales.
Hoy, la respuesta necesariamente está en la propia crisis. Esconderse siempre será el peor remedio. Seguir el ejemplo de los municipios argentinos y latinoamericanos que han sido los pioneros en materia de integración al mundo es un desafío que vale la pena contemplar y, por qué no, aceptar.
