Dos centurias no son solamente 200 años de comunidad. Al menos diez generaciones posaron sus vidas en esta comarca sudamericana, en medio de vicisitudes y adversidades propias de la hechura primigenia de una nación. Colmado de ilusiones para construir la sabia de la existencia, el hombre cree que el tiempo por venir será mejor. Este modo originario de percibir el devenir ha salvado a la criatura humana cuando necesitó superar la incertidumbre, cimentado en la fe, que es la certeza de cosas que no se pueden ver.

La etapa fundacional de la nacionalidad conlleva el elogio, la admiración profunda y el reconocimiento desde el ser argentino contemporáneo hacia esa pléyade de almas del génesis, que fundió la estirpe y el linaje de la argentinidad… y de tanto amor desparramado con pasión ardiente, sin conocernos, parió la patria genuina de la que hoy gozamos. Un período signado por la noble y generosa entrega de próceres y mártires, legó con sudor y sangre el camino idóneo para que transitase su descendencia, construcción anhelante que un día despertó con el primer grito de libertad. Fue la época de la insignia distintiva que ya flameaba en la cumbre con divisa azul y blanca, cimentada en actos altruistas embebidos de amor y renunciación.

La epopeya fundante, la gesta de mayo y los primeros tiempos de la nacionalidad son parte de una evocación admirable que se eleva orgullosa para gloria en sí misma y en su propia eminencia. Sin embargo, el sentido común y la propia racionalidad nos obligan a la introspección, a mirarnos por dentro; nos inclina a meritar la distancia abismal con el presente en los principios y valores de una comunidad depredadora de su sagrada herencia. El hombre argentino moderno, estandarizado, irreverente ante la honestidad de sus actos, ha manchado la institución. No hemos tenido el tino siquiera de preservar la familia para recuperarnos desde su núcleo inmaculado. Cuando la sociedad desciende y se degrada en sus valores, sólo se recupera después del vendaval. La autoridad moral convocante, ausente, impide reconstruir al menos los resabios de la patria que fluye, aunque lejana, en la evocación del alma suplicante. ¿Cómo impedir que la hipocresía confunda el discurso? ¿Cómo pedir perdón a millones de muertos que frustraron sus destinos creyendo en la promesa vil del engaño pertinaz? ¿Cómo deshojamos las cosechas para pintar de blanco la institución? ¿Cómo desechar la inscripción a fuego de nuestro ser argentino cuando levanta vuelo autoritario desde el poder? ¿Cómo reconciliarnos con el honor y la palabra de los padres de la patria?

En medio de la intemperancia se empina el andar que replantea el pronto destino sin caer en el vendaval que corrige la historia. Cuando el hombre se desnaturaliza en sí mismo y en sus esencias, un peldaño de la vida suele dar la mano visible para asirse y evitar el fondo oscuro de la existencia. Construir el puente con los 50 años que construyeron la Nación es imperativo de la hora porque enlaza al cuerpo socio-político institucional para recuperar las formas de su propio ser ultrajado por el tiempo. La unión nacional debe procurarse como amparo de esta idea de la alta política, porque es en su elevada concepción en acto donde se descomprime la vulnerabilidad de la república. Es en esta circunstancia el bien común alcanza su cabal comprensión. El precepto, antecesor de la acción, no alienta la credibilidad cuando su enunciación carece de la garantía vital para transformarse en obra. La palabra, elemento de unión y división en la lucha por la idea, ha sido dada para su expresión en el marco del silogismo y la lógica, se descubre siempre en la verdad, sin confundir los actos, el camino o el destino. En cambio, la falacia ultraja la palabra para confundir, desvirtúa sutilmente su concepción dificultando el entendimiento entre las personas, porque la resolución concluye en un juicio falso, carente de la verdad, contrariando la razón.

Será, por lo tanto, injusta la fiesta y precaria la palabra si la prédica argentina de la nueva estación no se encarrila en una profunda reflexión que oriente la sana autocrítica, que no es, precisamente, publicar un documento de constricción. La urgente autocrítica exige poner la discusión al amparo principista de los padres que nos legaron la nación y un país institucionalizado, asumiendo con valentía republicana los costos por los restantes 150 años de deterioro y despojo gradual de las instituciones de la república, por la insensata administración de justicia, de la política, de la ética y la moral, por el desconocimiento de la dignidad humana y el ultraje a la verdad, por la violación y oposición sistemática e irracional al orden natural. En este arrebato autocrítico, posiblemente, reconozcamos que no hemos acrecentado el respeto ni el amor. En medio de tanta algarabía, el clamor de la historia puede apagar su voz porque el día del nacimiento de la patria, después de dos siglos, no admite contradicciones.