Las expectativas empresarias por las ventas del Día del Padre, una de las fechas emblemáticas del año en los diferentes rubros de comercialización y servicios, dan lugar a las ventas ilegales siempre presentes en vísperas de celebraciones clave, causando desequilibrios de mercado por la competencia desleal sustentada en la ilegalidad.

Atrás de los puestos callejeros se mueven organizaciones clandestinas que lucran con la explotación de sectores carecientes y eludiendo todas las legislaciones que regulan al negocio establecido. De acuerdo a cálculos de consultoras y oficiales, la venta ilegal en la Argentina representa entre un 35% y un 45% de todas las operaciones comerciales. Se estima que existen más de 570 ‘saladitas” o ferias ilegales en la Argentina con 81.032 puntos de venta entre puestos y ‘manteros” ubicados en la vía pública.

Es que la venta ilegal encubre un negocio millonario, diseñado por mafias organizadas que desarrollan un sistema de trabajo esclavo, talleres clandestinos, contrabando, robo y piratería de mercadería, competencia desleal, narcotráfico y corrupción. De acuerdo a la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME), la venta informal ascendió a 4.988 millones de pesos sólo en febrero pasado, en un muestreo de la entidad en 451 ciudades del país.

Si la cifra se proyecta en un año, arroja unos 59.857 millones de pesos, un monto que no sólo significa un enorme perjuicio para el comercio formal, sino también para el fisco, ya que sólo en concepto de IVA se deja de recaudar casi 12.000 millones de pesos al año. Dicho de otra manera, el primer impacto de la venta clandestina la recibe el comercio minorista y a la industria establecida que mantiene personal registrado, y al Estado por los impuestos que deja de percibir, es decir recursos destinados a jubilación, salud, educación, seguridad, infraestructura y demás.

Lógicamente hay otros actores que cierran el círculo de esta rentable clandestinidad, como es el comerciante de pueblo que viaja en tour de compras a La Salada de Lomas de Zamora y adquiere mercadería sin saber que era robada, paga un precio irrisorio y de vuelta la vende en negro. Y, por último, el público que se vuelca a las ofertas ajeno a estas circunstancias. Superar la marginalidad requiere soluciones de fondo con replanteo fiscal y de costos laborales y financieros.