Un mundo convulsionado amenaza particularmente a todas las naciones, más allá de ideologías y de aspiraciones peculiares. En medio de la vorágine cambiante de cada día que acorta los intervalos de las mutaciones, lo que en realidad se acortan son los tiempos de durabilidad de la propia evolución. El individualismo que ha generado un neo-liberalismo contumaz ha causado estragos graves en la conformación armónica de las sociedades.
La doctrina liberal del escocés Adam Smith, filósofo y moralista escocés del siglo XVIII, jamás quiso la ruindad de las sociedades a partir del comportamiento individual de la persona, porque su ideología no atentaba contra la sociedad ni predicaba en contra de sus esencias. Ese individualismo denostado por la crítica opositora, no tenía signos de perversidad, sino de identificación del hombre consigo mismo y con la confianza en el "yo” interno para el logro de resultados, con la estima personal pero sin atentar contra la sociedad que le sostiene, ni contra la familia que le proyecta.
El absurdo se ha manifestado, en cambio, en la deformación práctica del neoliberalismo, cuya distorsión encubrió el modo sutil para corroer la cimiente de los Estados en los últimos 40 años pero que comienza sutilmente a insinuarse en la década del "40 del siglo XX en ese espacio occidental de su proyección al que no han sido afines determinados gobiernos de la eurozona y América. El neoliberalismo se disfrazó de liberal sin tener afinidad ni comulgar con ese signo. El gran perjudicado fue el mundo occidental latino en América y Europa, que fueron sus vasallos.
El pensamiento económico y liberal que cobró sentido en la obra de Smith "La riqueza de las naciones”, (1776), cuando planteó la economía política y la necesidad de organizarse por regiones, lo hizo en el marco político y filosófico sin desprender de sus conceptos la ideología. Lo curioso es que el neoliberalismo no hizo presa ni a los Estados Unidos, ni al Reino Unido ni a Alemania, firmes en su concepción, ascendencia y descendencia anglo y sajona. En cambio encontró campo orégano en los gobiernos de génesis latina. Este es, fundamentalmente, un problema cultural y podríamos decir que los anglosajones, son liberales por antonomasia. Los latinos no solo no lo son, sino que tampoco tienen definido qué son.
La realidad, sobre el terreno táctico que se mimetiza en la solución de la crisis económica-financiera europea, se introduce en un campo paradójico porque fueron los gobiernos en conjunción contestes de multinacionales y bancos financieros quienes produjeron la hecatombe que afecta al mundo, e instrumentan sin consulta a sus pueblos las medidas de ajuste y agregan a la nefasta corriente represión, maltrato y sufrimiento a los valientes ciudadanos que se quejan. Esto no es obra del liberalismo sino de su deformación interesada de la que han hecho los gobiernos autoritarios un estilo perverso para gobernar.
No son los parámetros que inventa el hombre con artilugios materialistas los que enriquecen su plena dignidad. Es la paz interior, que no se inventa sino que se descubre en su propia naturaleza, en su ser íntimo, cuando inscribe en sus actos el criterio incito de la justicia. De ello se desprende que la verdadera inclusión no es la que provee el Estado desde lo accidental, sino cuando éste tiene la capacidad y eminencia primero de asegurar y garantizar la vida para recién gozar de los bienes posibles en el camino de la realización humana. La vida, que es todo para el hombre porque sin ella no tiene principio ni fin, se garantiza desde el elevado concepto de justicia, porque de ella devienen los actos de la dignidad humana, porque más allá de toda creencia, desde ese sólo umbral de la Creación se comprende al hombre en la dimensión de su destino.
"EL HOMBRE no se deshumaniza por las formas de gobierno; entra en crisis porque no es capaz de sostenerse sin valores, sin descubrir el sentido trascendente de la vida y la orientación que le debe dar.”
