Durante uno de los últimos viajes pastorales de Benedicto XVI, se produjo en tierra inglesa quizá el mejor acontecimiento de los últimos tiempos: fue llevado al honor de los altares un hijo predilecto de esos lugares, John Henry Newman. Beatificado por el Papa, fue uno de los grandes intelectuales cristianos del siglo XIX y también uno de los más famosos conversos procedentes del anglicanismo. Su vida merece ser contada brevemente. Su lema presidió sus esfuerzos: "el corazón le habla al corazón”. O sea, hay un deseo profundo en la condición humana, del corazón de cada persona, de entrar en la plenitud del amor. Para Newman dicha plenitud se dice en la intimidad del Corazón de Dios.
Nació en 1801 en Londres, en una familia anglicana. En su búsqueda de la espiritualidad desde la adolescencia, estudió teología en la Universidad de Oxford, donde también enseñó durante un tiempo, y se convirtió en pastor anglicano.
En la década de 1830 fue una figura importante del movimiento de Oxford, inconforme grupo que denunció las desviaciones de la Iglesia Anglicana. Newman adoptó un estilo de vida ascético y su reflexión lo llevó finalmente al catolicismo, lo que despertó -como era de imaginarse- una gran conmoción en la era victoriana.
Su conversión hizo que otros conocidos intelectuales siguieran sus pasos, entre ellos Henry Edward Manning, el arquitecto Augustus Pugin y el poeta Gerard Manely Hopkins.
Newman partió entonces a Roma para continuar sus estudios y ser ordenado sacerdote católico. Obtenido el mismo, a su regreso fundó en Birmingham la primera congregación de oratoria de Inglaterra.
Su alma ardía por la verdad. La buscaba con pasión. Fue acusado de herejía por algunos que no comprendían sus razones. Entonces relató su conversión en Apología Pro Vita Sua (Defensa de su propia vida). Con el tiempo, su obra, entre la que se destaca el Ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana, le valió un gran reconocimiento en el mundo católico.
Algunas de sus ideas sobre la relación entre la fe y la razón incluso se plasmaron en el Concilio Vaticano II. Se preocupó en mostrar cómo la fe y la razón no son rivales ni enemigas, sino aliadas del hombre en su vuelo a la verdad. Son dos luces amigas, dos faros aliados. También inspiró a escritores como Evelyn Waugh o Julien Green, y a los 68 años fue nombrado cardenal por el papa León XIII.
Benedicto XVI indicó también que "el servicio concreto al que fue llamado John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes cuestiones del día. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de una educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana”.
A su muerte, en 1890, a los 89 años, fue enterrado según su voluntad al lado de la tumba del padre Ambrose Saint John, miembro del Oratorio y con quien compartió la amistad durante más de 30 años.
Su proceso de beatificación, iniciado en 1958, se aceleró en 2009 cuando los expertos confirmaron la validez de un milagro que se le atribuye en Estados Unidos.
El diácono Jack Sullivan, aquejado a los 61 años de una grave enfermedad de la columna vertebral, dice haberle rezado al cardenal tras haber visto un documental dedicado al escritor. Según su relato, sus dolores cesaron al día siguiente. La Santa Sede estudia ahora un segundo caso en México, que, de considerarse también un milagro, allanaría el camino de la canonización. "Soy un eslabón en una cadena -decía Newman- un vínculo de unión entre personas. No me ha creado Dios para la nada. Haré el bien, haré su trabajo, seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio. Si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis tareas”. Convicciones de un santo, palabras de un poeta fecundo, de una fe y una razón dinámicas al servicio de la verdad y el amor.
