Quienes se comunicaron con él ese fin de semana, destacaron que el Fiscal estaba ansioso por exponer el lunes ante el Congreso sus conclusiones sobre la complicidad con Irán de la Presidenta de la Nación, dos notorios allegados a ella y el Canciller, para encubrir la responsabilidad de Irán en el atentado a la AMIA. Dijeron que tenía su mesa llena de papeles para su informe y había mandado comprar víveres para la semana siguiente.

Al día siguiente amaneció muerto de un tiro en la cabeza. Los custodios no se enteraron de nada; esperaron más de 11 horas para llamar a su madre, en lugar de echar abajo la puerta de su departamento para averiguar por qué el fiscal no respondía a sus llamados.

Alberto Nisman fue encontrado muerto por su madre. El revolver yacía debajo de él, y luego las pericias confirmarían que en su mano no tenía restos de pólvora como los que dejan los suicidios, y que el arma letal sí los dejaba, al ser probada en reiteradas oportunidades.

El país se conmovió y movilizó ante la sospecha de estar ante un tremendo magnicidio. Desde el gobierno ‘la movilización’ sólo fue para dar numerosos informes sobre la vida privada de Nisman y el uso que habría hecho de los fondos que administraba para su labor investigativa. Hasta hoy, a más de un año de su muerte, no sabemos qué pasó con el Fiscal. Su extensa denuncia fue días después archivada, sin haberse investigado absolutamente nada.

Las plazas del país es como que se cansaron de reclamar. Parecen interpretar que si en un año no se probó un suicidio, la hipótesis del homicidio se agranda y es la Justicia quien debe respondernos, aunque un hecho tan grave esté empantanado en la desidia o la incapacidad, y eso desmoraliza, paraliza. Pero no debe ser así. Ninguna catástrofe (mucho menos una muerte oscura) puede detenernos. Nisman debemos seguir siendo todos, porque no se nos ha dado respuesta al interrogante sobre su muerte. Podrá no haber más marchas por la verdad y la justicia, vaya uno a saber; pero que esta muerte nos interesa, nos involucra como humanos y nos incumbe como argentino, no hay dudas. Creemos que con el tiempo su denuncia será exhumada del canasto de los papeles adonde derechamente se la tiró. Que sabremos qué pasó con su vida, con su muerte. Que esta vez, creo -es una corazonada- la ignominia no nos manchará la frente y el alma. Que comenzaremos a mirarnos con más respeto, comprensión y confianza. Así como las muertes de la dictadura militar no pudieron burlarse de la historia ni de la sangre derramada, esta muerte tremenda en democracia no deberá mancillar nuestra forma de gobierno.

¿Nisman somos todos? Desgraciadamente no. Hay quienes están en las antípodas de este justo reclamo. Pero el pueblo es más que ellos. La gente dolorida los supera. La indignación no los escucha. La Justicia debe estar a la altura de los acontecimientos y darnos la tranquilidad de que todo culmine con verdad y dignidad.