El lugar ha quedado devastado. Hay gente que comenta que se llevaron todo, hasta la ilusión. Un tufillo ha muerte merodea los rincones. Con esta gente es imposible construir un país, dicen algunos. Nos avergüenzan a todos, dicen otros. Que no vuelvan más, pregona un coro.
No estamos ante los despojos de lo que podría ser el saqueo de una casa por parte de delincuentes. Se trata, simplemente, de un mero partido de fútbol donde uno de los mejores equipos del mundo (o quizá el mejor) ha perdido la final de una copa ante otro considerado como otro de los mejores. Gente que tiene el uso del micrófono, la mayoría periodistas capitalinos, que ayer aseguraba que no se podía perder este partido porque somos superiores, hoy dice que estamos ante un fracaso nacional, una hecatombe deportiva, un asalto a la ilusión del pueblo y otras sandeces de no menor insensatez. La simple realidad ha demolido con creces los vaticinios con los cuales satisfacían su fanatismo, y con los que hacían gala de llamativa irresponsabilidad. ¿Y ahora cómo actuar ante la debacle de sus livianos augurios? Muy simple: el soberbio nunca se equivoca; la culpa del yerro es de un grupo de futbolistas que traicionaron la lógica, no estuvieron a la altura de las circunstancias, debieron ganar y perdieron; y comandados por un muchacho que todos aseguran es el mejor jugador del mundo, por lo tanto no puede errar un penal. El campo de juego ya no es un sitio donde se juega el deporte más hermoso del mundo porque tiene por naturaleza lo imprevisible; se ha convertido en un campo de batalla donde se ha perdido la guerra por culpa de los temerosos, los anti argentinos, los pechos fríos, los eternos perdedores de finales. No importa que un encuentro pueda ser ganado por cualquiera, ni interesan los méritos del rival; esta gente se siente desmentida en sus augurios, en su exitismo, por un simple hecho de la realidad. Tienen que irse todos; que no quede nadie, porque ver a uno solo les señalará su irresponsabilidad. El relator del partido lo narrará como podría hacerlo el hincha más fanático e irracional, y le echará la culpa al árbitro del resultado. Nada puede arruinar aquellas predicciones de triunfo que no debían ser desmentidos por los hechos.
Párrafo aparte merecen las palabras de Maradona. Con su proverbial soberbia, una actitud de inocultable malicia y un tiro por elevación, estaba desterrando a un grupo de argentinos. Bien sabe él que una final se puede ganar o perder, pero -justamente por eso, porque en su conciencia estaba la posibilidad de la derrota- le interesó poner en ridículo, provocar una sanción social, descalificar ‘para la historia’ a una personita que no quiere, que es posible que deteste, que lo haga sufrir, a quien el fútbol mundial considera el mejor jugador del mundo, que ha batido récord que él no alcanzaría jamás. Pero, bueno, debemos ser cuidadosos con estos juicios, porque algunos aseguran que es Dios, aunque en nada se le parezca.
