Jesús se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: ‘No llores” Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: ‘Joven, a ti te digo: Levántate” El muerto se incorporó y se puso a hablar, y él se lo dio a su madre. Todos glorificaban a Dios, diciendo: ‘Un gran profeta se ha levantado entre nosotros”, y ‘Dios ha visitado a su pueblo”. Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región (Lc 7,11-17).
Luego de haber curado en Cafarnaúm al siervo del centurión, Jesús es acompañado por sus discípulos y una multitud de personas. Llega a un pequeño poblado llamado Naím, que en hebreo significa ‘delicias”, situado en plena llanura de Izreel. Cuando se estaba acercando a la puerta de la ciudad, el grupo de Jesús se encuentra con otro cortejo que llevaba un muerto para ser depositado en una tumba: era el hijo único de una viuda. Son dos procesiones que se cruzan en direcciones opuestas. La primera es la de una comitiva en viaje, llena de vida, siguiendo al Maestro que se dirige a Jerusalén. La segunda es una procesión de luto y de muerte: un joven fallecido. A esa edad, la muerte es siempre un hecho más trágico y duro. Más aún, era el unigénito de una madre viuda. Como diciendo: ‘sobre llovido mojado”. La única seguridad para su futuro y su vejez, era el hijo único (en griego: ‘monogenes”). Ella queda sin protección y sin apoyo económico. Es una mujer probada en sus sentimientos, en sus afectos, en su condición social y económica, en su futuro, y en el sentido de la vida. Se habrá preguntado en medio del sufrimiento: ‘y ahora, ¿para qué seguir viviendo?”. Ya en el Antiguo Testamento y aún en la literatura griega la viuda era símbolo del desamparo más total. ‘Jera” -viuda en griego- es el femenino del adjetivo ‘jeros”, que significa carenciado, privado, y traduce el hebreo ‘almanáh”, que contiene, en su significado fundamental, la idea de soledad, de abandono, de desvalimiento. Por eso las leyes humanistas del Antiguo Testamento insisten tanto y tan frecuentemente en el deber de ayudar y asistir a las viudas como a los huérfanos y a los extranjeros.
Es singular cómo el evangelista Lucas no habla de los sentimientos de las varias personas que aparecen en la escena. No sabemos qué dice la madre, ni tampoco qué comentan los presentes. Se trata de un vacío intencional de parte del escritor sagrado para dar mayor relieve a lo que es más importante: los sentimientos de Jesús y su divina compasión. La iniciativa pertenece a Jesús. La mirada de Jesús no se dirige al hijo difunto, sino a la mujer. No es la muerte lo que provoca la compasión, sino la madre que llora. Esto resulta insoportable para Dios. Se deja herir por las heridas del corazón de esa madre que todo en ella es una súplica sin palabras. El texto sagrado dice que ‘el Señor tuvo compasión de ella”. Para expresar la misericordia, Lucas emplea el verbo ‘splagenizomai”. El griego original ‘esplángize” dice mucho más que compasión. Viene de ‘splanjon” que indica ‘entrañas”, ‘corazón”, ‘pulmón”. Quiere decir: ‘Se le revolvieron las entrañas”, ‘gimió su corazón” ‘se angustió”. Entró en la ciudad de Naím como un forastero y se reveló como prójimo. Y le dijo a la mujer: ‘no llores”, porque la muerte no tiene jamás la última palabra. El que había dicho: ‘Felices los que ahora lloran, porque reirán” (Lc 6,21), hizo aquí realidad esa bienaventuranza. Su compasión parte de su corazón y va al corazón de quien padece.
Luego se acerca al féretro. No tiene miedo a las convenciones sociales ni temor a contraer impureza ritual. Para un judío, tocar a un muerto significaba convertirse en un impuro (cf. Num 19,16). Luego dice: ‘Joven, a ti te digo, levántate”. El verbo griego alude a la resurrección. Su palabra es más potente que la muerte. Al decir de Shakespeare: ‘hay que darle palabra al dolor”. Es lo que hace Jesús. ‘Luego se lo entregó a su madre”. De este modo el Señor devuelve la identidad a la madre y al hijo. Vuelve a dar vida, esperanza y futuro. Aquí se revela como Dios. No es un ídolo como los que señala el salmista, que: ‘tienen boca y no hablan. Tienen ojos y no ven, orejas y no oyen. Tienen manos y no tocan, pies y no caminan” (Sal 115,5-7). El Dios que se detiene ante el luto y el llanto es el Dios que abraza con su mirada y su misericordia cercana para enjugar las lágrimas de los hombres y derramar vida.
