Alberto Nievas no andaba para disgustos, los cuatro by pass que le hicieron en junio del año pasado por sus problemas cardíacos indicaban que debía cuidarse, aunque siempre estaba expuesto por su trabajo de repartidor. Ya se había llevado un susto hace tres meses, hasta lloró de la bronca por unos asaltantes que lo encañonaron en la cabeza y lo asaltaron en Chimbas, contó su hijo. Lo mismo sintió el martes a la noche, cuando fue a pasear con su hijo a la Feria de Rawson y en ese interín le sustrajeron mercadería de su Trafic estacionada frente a la plaza de Villa Krause. Su molestia llegó al punto de que no tenía ni ánimo para hacer la denuncia y decidió partir a su casa. Su hijo Catriel relató que en el camino “iba insultando a los ladrones, a los policías y a él mismo por haber ido a ese lugar. Estaba mal, la mercadería no era nuestra y la teníamos que pagar”. Y así, maldiciendo a todos, llegaron a un cruce de calles donde se pararon por el semáforo en rojo. Fue lo último que hizo Nievas, era tanta su impotencia y su indignación por el robo que su corazón no resistió más y le dio un infarto frente al volante.
Catriel (15), único testigo de la tragedia, relató que bajaron a su padre Alberto Francisco Nievas (61) de su Renault Trafic y lo acostaron en la vereda de la esquina de Lemos y República del Líbano, Rawson, pero la ambulancia se demoró media hora y nadie lo puso salvar. Eran cerca de las 23 del martes cuando se constató la muerte de este hombre, padre de seis hijos (tres son de su primera pareja) y domiciliado en Villa Congreso, Rawson, que hacía los repartos en su furgón para una distribuidora.
Nievas estuvo esa noche, junto a Catriel, en la Feria de la Cultura Popular y del Libro de Rawson y dejaron estacionada la camioneta en la esquina de Torino e Ing. Krause. “Ahí, a diez metros estaban unos policías y al frente hay un bar. No nos demoramos más de una hora y al volver vimos que dos cerraduras de la Trafic estaban rotas. Nos habían sacado las galletas, las golosinas y dos bolsas de alimentos ¡Y nadie había visto nada! Eso lo sacó a mi viejo”, relató el chico. Habló con unos policías, pero después decidió irse. Eran 990 pesos en mercadería que debía devolver y eso lo puso furioso, por lo que en el trayecto empezó a largar insultos y a culparse a sí mismo hasta que le vino el infarto.