Prometiendo triplicar el personal federal que lucha contra el derrame de petróleo en el Golfo de México, Barack Obama asumió la responsabilidad para resolver el desastre, pero surgen serias dudas. La catástrofe estalló el 20 de abril pasado, cuando la plataforma alquilada por British Petroleum (BP) explotó, se hundió, y provocó la muerte de once personas y el inicio de una fuga diaria de millones de litros de crudo desde el fondo del mar.
La marea negra ya superó ampliamente el desastre del Exxon Valdez, en las costas de Alaska en 1989. No resulta fácil asumir que con la experiencia acumulada por la industria petrolera después de más de medio siglo extrayendo crudo desde el fondo del mar todo lo diseñado por los ingenieros de BP no haya dado resultados positivos. El mundo asiste estupefacto a los esfuerzos infructuosos de una multinacional gigantesca, en busca de una solución que detenga ese derrame.
Pasados cuarenta días desde el comienzo de un vertido que ha arrojado ya más de 150 millones de litros, se deduce que, o bien BP ha actuado de modo excesivamente negligente en la explotación de esta plataforma, o la tecnología necesita un repaso urgente para evitar que algo semejante pueda volver a producirse en otro lugar del mundo. Para el presidente de los Estados Unidos, esta crisis medioambiental amenaza con convertirse en una prueba para su capacidad de gestión de crisis. Por ahora es poco lo que se puede hacer desde la Casa Blanca para resolver el problema, pero las consecuencias se empiezan a hacer sentir en la vida diaria de los ciudadanos que viven en la costa de Luisiana.
Lamentablemente esos efectos nefastos van a seguir mucho tiempo después que la compañía petrolera haya logrado detener el flujo de crudo, mientras que el gobierno norteamericano no parece tener todavía ningún plan para reconstruir el litoral. El criterio de que la compañía BP se haga cargo de todas las consecuencias del derrame no exime a las autoridades de EEUU de su obligación de encabezar cuanto antes la gestión de los daños. Hasta ahora las visitas a las playas afectadas no son más que un recurso a la propaganda sentimental.
El presidente Obama tardó en reaccionar y lo que ha hecho hasta ahora no es más que gestionar su propia imagen, aunque esto no es suficiente para reparar los daños.
