Obama quiere cosechar los frutos de la diplomacia suave que aplicó en la región. Supo alejarse de la confrontación retórica de los gobiernos populistas y tejer acuerdos entre bambalinas. Cuba fue su sorpresa. Nadie imaginó su acercamiento a una de las dictaduras más longevas del planeta.
Obama prometió que hablaría con Raúl Castro sobre el abuso a los derechos humanos, de libertades civiles pisoteadas y disidentes sistemáticamente detenidos. Sabe que la sordera de los Castro, maquiavélicos en el arte de evadir preguntas comprometidas, puede desmoronar la flexibilización del embargo con la que está empeñado.
El gobierno cubano, que jamás supo crear prosperidad sino administrar pobreza estimulado con subsidios soviéticos, chinos y venezolanos, buscó enmarañarlo con los repetidos termas de la devolución de Guantánamo e indemnizaciones millonarias por el ‘injusto” bloqueo económico más largo de la historia.
La coartada de los Castro de llevar a Obama públicamente al terreno de la economía y escucharlo en privado sobre elecciones, democracia y derechos humanos, es parte de la estrategia de que la revolución concebida por Fidel es intocable.
Los Castro siguen obsesionados con la oscuridad y la censura. En vivo y en directo los cubanos recibirán lo que la prensa oficial querrá decirles y para saber más deberán esperar el Paquete Semanal, esa memoria USB que se trafica en el mercado negro con noticieros, series televisivas, películas y videojuegos enlatados, al que el gobierno combate sin éxito.
Ahora, y a punto de que el Congreso argentino apruebe un acuerdo definitivo para salir del default y así pueda aspirar a líneas de crédito internacionales, Obama recala en Buenos Aires con unos 450 empresarios y un paquete ponderable de inversiones. El viaje es un espaldarazo importante a Mauricio Macri, quien encarna el principio del fin de los populismos. La tendencia parece irreversible sin Cristina Kirchner en el poder, con la derrota de Evo Morales en el referéndum, la de Nicolás Maduro en las legislativas y a la negativa de Correa de aspirar a la reelección.
Obama tiene una agenda concreta con Macri, más allá de los acuerdos comerciales, científicos y tecnológicos. Considera crucial la colaboración en materia de terrorismo y narcotráfico. La triple frontera es un talón de Aquiles difícil de eludir y ofrece a la DEA, la Agencia Antinarcóticos, para debilitar al narco que se disparó a niveles insospechados en años recientes.
Habrá fotos para todos los gustos. Momentos duros como cuando Obama anuncie que desclasificará documentos de la dictadura, mientras visite el Parque de la Memoria para honrar a las víctimas. Y momentos más relajados, cuando las cámaras enfoquen a las primeras damas Michele y Juliana, a quienes Vogue las comparó con las sofisticadas Jaqueline Kennedy y Evita Perón, dos íconos de la pasarela mundial.
Macri le mostrará a Obama sus esfuerzos por crear institucionalidad, garantizar la independencia judicial y acabar con la corrupción, esa lacra que se manifiesta cotidiana, ya sea por la deficiente investigación sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman, como por la valija de Antonini o el conteo impúdico de dólares de Martín Báez.
Barack Obama está convencido de estar abriendo una nueva era menos paternalista y de igual a igual con sus pares latinoamericanos.
