La pena de muerte nació con la humanidad. En los antiguos códigos asirios, caldeos y judíos estaba ya presente. Hammurabi la prescribe para 25 delitos. Francisco ha tomado la palabra sobre el particular. En dos ocasiones muy próximas una de otra, el Papa se ha pronunciado en torno a un tema que ha generado mucho debate a lo largo de la historia. Incluso la contemporánea, pues no olvidemos que aún hoy existen 64 Estados que mantienen la pena capital tipificados en sus Códigos Penales.
Ya san Juan Pablo II saludaba con aplauso la actual tendencia abolicionista, más conforme a la dignidad de toda persona, a la hora de arreglar cuentas con quienes delinquen en materia grave. "Existe una aversión cada vez más difundida en la opinión pública a la pena de muerte, incluso como instrumento de "legítima defensa” social moderna para reprimir eficazmente el crimen de modo que, neutralizando a quien lo ha cometido, no se le prive definitivamente de la posibilidad de redimirse” (El Evangelio de la Vida nº 27).
En efecto, existe "tanto en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada, e incluso su total abolición”, que se enmarca "en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios con el hombre y la sociedad” (Evangelio de la Vida nº 56). Pero, siguiendo los contenidos del Catecismo de 1992, admitía su legitimidad en circunstancias muy graves y excepcionales: "Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son muy raros, por no decir prácticamente inexistentes”.
El reciente 20 de marzo de 2015, el Papa Francisco pronunció un discurso ante la Comisión Internacional Contra la Pena de Muerte. Allí expresó, entre otros conceptos: "La pena de muerte implica la negación del amor a los enemigos, predicada en el Evangelio. Todos los cristianos y los hombres de buena voluntad, estamos obligados no sólo a luchar por la abolición de la pena de muerte, legal o ilegal, y en todas sus formas, sino también para que las condiciones carcelarias sean mejores, en respeto de la dignidad humana de las personas privadas de la libertad”. Conceptos similares los vertió en octubre del año pasado. Expresiones contundentes y con fuerza inédita.
Hay continuidad del magisterio de la Iglesia, en el nivel más profundo de la defensa de la sacralidad de la vida y el mandamiento de no matar. Pero los argumentos que hasta ahora se sostenían, según el Papa, ya no se pueden formular así. Y aquí sí hay discontinuidad en el tema. El argumento de la legítima defensa social ya no se puede esgrimir pues no se está ante un agresor en acto sino que el delincuente ya está neutralizado. Está en la cárcel. Tampoco la pena de muerte cumple con otros fines como la reparación del daño causado o la enmienda y socialización del reo. La dignidad de todo ser humano no se pierde con el delito. La intangibilidad tampoco.
Además, Jesús mismo se identificó con los encarcelados, culpable o no, y fue él mismo un condenado a muerte. Francisco termina su discurso encomendando a los presentes al Señor Jesús, quien "no quiso que hiriesen a sus perseguidores en su defensa -"Guarda tu espada en la vaina (Mt 26, 52)-, fue apresado y condenado injustamente a muerte… Él, que frente a la mujer adúltera no se cuestionó sobre su culpabilidad, sino que invitó a los acusadores a examinar su propia conciencia antes de lapidarla (cf Jn 8, 1 – 11), les conceda el don de la sabiduría, para que las acciones que emprendan en pos de la abolición de esta pena cruel, sean acertadas y fructíferas”.
Claro que Francisco no descuida la suerte de las víctimas de delitos graves. A ellos el mejor cuidado y protección. Son prioridad.
Pero para el Papa, el mundo necesita testigos de la misericordia y la ternura de Dios, y esa es una clave de sus discursos y acción pastoral. Y la misericordia no puede quedar confinada al ámbito de los corazones o añadido de bondad a un razonamiento frío. Para Bergoglio, la misericordia es el amor después del pecado, y ello está en el marco teórico mismo que aborda el tema. Al principio y no sólo al final.
