El pasado 3 de agosto fue recordado el fallecimiento de monseñor Dr. Audino Rodríguez y Olmos, ocurrido en 1965. A este religioso le tocó vivir momentos muy dolorosos con el pueblo sanjuanino, tras el terremoto de 1944 y fue responsable de una obra pastoral admirable.
Según la historia de la Iglesia en San Juan, fue promovida esta sede al rango de arquidiócesis, el 20 de abril de 1934, convirtiéndose el entonces Obispo monseñor Américo Orzali, en el primer arzobispo de San Juan de Cuyo. Le sigue como sucesor monseñor Doctor Audino Rodríguez y Olmos, (Segundo arzobispo y séptimo diocesano).
Siendo obispo de Santiago del Estero, el 5 de octubre de 1939 Pío XII lo trasladó y promovió a la sede arzobispal sanjuanina, de la que tomó posesión el 20 de abril de 1940.
Monseñor Audino nació en Córdoba en 1888 e inició su formación sacerdotal en el Seminario Mayor de la misma ciudad. Completó sus estudios teológicos en la Universidad Gregoriana de Roma y se ordenó sacerdote, a los 24 años de edad, recibiendo el título de Doctor en Teología. De regreso al país, se dedicó de lleno a la misión pastoral de las almas y a la enseñanza, siendo maestro de la juventud, prolífico escritor, especialmente en temas de educación, y gran orador de reconocida elocuencia.
Fue consagrado Obispo y designado en Santiago del Estero. Desde aquí su santidad Pío XII lo designó arzobispo de San Juan de Cuyo, tomando posesión de la sede arzobispal en la ciudad de San Juan, el 20 de abril de 1940.
Estando en Córdoba le llega la terrible noticia del 15 de enero de 1944: Terremoto en San Juan. Cuya calamidad se hizo sentir de una manera muy profunda en la misma ciudad capital.
Al emprender el regreso a San Juan, el Prelado va anotando todo lo que encuentra a su paso y lo recoge en su sentida Carta Pastoral con motivo del terremoto de San Juan de Cuyo, a 21 días del mes de enero de 1944. Ese mismo día el automóvil que debía conducirlo a San Juan, llegó con la orden terminante de no viajar a San Juan, porque iban a bombardear la ciudad al día siguiente. Sin embargo, determinó en forma urgente su partida: "Era mi deber estar en San Juan y llegaría en cualquier forma, a pie si era preciso… llegar cuanto antes es mi única preocupación”.
"A poco andar (de Mendoza a San Juan), una procesión interminable, cada vez más compacta, de carruajes de todas dimensiones y de todo género, conduciendo familias y muebles y objetos abigarrados, desde la olla hasta el catre y el loro. Una verdadera evacuación. San Juan estirado a lo largo del camino que va a Mendoza…como miembros que flotan después de un naufragio”…
Con cuánta angustia relata su llegada al centro de la ciudad: "¡San Juan! ¡Cuánta ruina amontonada! ¡Cuánto dolor! ¡Qué enorme tragedia!…Mi Catedral, joya de los tiempos que pasaron, panteón de los próceres y de ilustres pastores, corazón y cerebro de las generaciones en marcha!
Apenas llegó a San Juan, visitó a los evacuados en el improvisado Hospital Central en la Estación del Ferrocarril Pacífico que emprendía viaje a Buenos Aires, silenciosos y resignados: "¡Pobres hijos míos! ¡Con qué emoción y cariño recibieron la bendición de su Pastor!”, contaba emocionado.
Ante el panorama, su primera medida fue mitigar las necesidades: "Di orden de que cuánto dinero hubiese depositado en mi nombre, fuera empleado en las necesidades más urgentes”. Además, supo acompañar a "los sanjuaninos en todas sus gestiones ante los poderes provinciales y nacionales”.
En su carácter de arzobispo de Cuyo dirigió una carta al entonces presidente de la Nación con fecha 6 noviembre 1947, pidiendo ayuda para levantar templos y oratorios: "San Juan necesita sus templos para que no se disgreguen sus fieles. Para cimentar los valores espirituales. Para defender de la avaricia el producto de su esfuerzo. Para dar consistencia a la familia y multiplicar los brazos que trabajan. Para no perder su categoría de ciudad dentro de la Patria”.
Reponer todo esto, es la tarea a la que la fe sanjuanina se apresta, librada a su sólo esfuerzo. Los templos se levantaron gracias al óbolo de los fieles, la modesta vida y el abnegado ministerio religioso de sus ministros.
Para sobrenaturalizar este acontecimiento triste y doloroso, Monseñor Audino tuvo la bella inspiración de crear la advocación mariana de Nuestra Señora del Tulum. Así el 24 de mayo de 1944 con todo el pueblo en ruinas a los pies del Corazón Inmaculado de María, decreta que todo el pueblo sanjuanino será devoto fiel y bajo la protección de ella estará el valle con la denominación de Nuestra Señora de Tulum, cuya primera imagen se bendice el 9 de octubre de 1949.
Monseñor Audino falleció el 3 de agosto de 1965 y sus restos descansan en la Cripta de la Iglesia Catedral de San Juan.
