Anteriormente se definieron los puntos limítrofes territoriales, ahora es necesario pactar la estabilidad dentro de las fronteras para fortalecer el Estado de derecho.

El poder del Estado ejercido actualmente es mucho más amplio que el solo aparato jurídico, legal o el proceder de dominación ejercido sobre otro. Es que la cuestión de la seguridad tensa las relaciones humanas. El creciente narcotráfico, mafias, terrorismo, delincuencia, corrupción, explotación y más recientemente en el caso concreto de la masacre en "Sandy Hook", una escuela en Newtown Estados Unidos, hizo que el presidente Barack Obama estableciera una política de desarme en aquel país.

También, es digno de destacar el papel de la presidenta Dilma Rousseff en Brasil, cuando cuestionó a aquellos sospechados de opacar con sus actitudes la imagen estatal. Aquel que está por encima de cualquier particularismo. Pero la situación se tensa aún más, cuando las autoridades prometen seguridad jurídica y, que en ese Estado que gobiernan nada va a pasar. El ciudadano reclama que la seguridad realmente se efectivice. A ello se suma la creciente angustia, por conseguir el primer empleo seguro.

Sobre este contexto la relación del Estado con la población crecerá dentro de lo que se podría denominar "pacto de seguridad". Es decir, el Estado fue garantizando tiempo atrás el llamado "pacto territorial" o las fronteras concretas dentro de un lugar determinado. Oportunamente, hay esfuerzos por lograr que el ciudadano encuentre una cierta garantía dentro de un territorio ante una creciente oleada de incertidumbre, accidente, desempleo, riesgo, robo, ajuste de cuenta, especulación, violación, divorcio, droga o muerte. Aquí, es donde el Estado busca garantizar la seguridad en la vida cotidiana de los individuos. Una especie de aspecto omnipresente paternalista del Estado que siempre encuentra en alguna trama de la historia su plenitud.

No obstante, lo que contrasta con ello de manera absoluta es la posibilidad real del terrorismo, criminalidad, lo que provoca la reacción enérgica de varios gobiernos, para garantizarle a la gente que nada ha de sucederle. Pero, lo paradójico de ello, es una cierta visión que subyace de fondo cargada de temor y de política feroz que intranquiliza. Aquella política, que en vez de calmar o asegurar, termina tensionando más la vida de los individuos y también la relación con las instituciones que hasta ahora los protegían. De allí la angustia ante la inestabilidad, sobre todos de quienes creen en la garantía del Estado constitucional.

Los gobiernos afrontan las dificultades políticas o logísticas para imponer el orden, que a veces se ve afectado por dos situaciones ante los hechos cotidianos: Por un lado, la idea de un cierto totalitarismo y buscar el control de todo. Ello es en el sindicato, los partidos políticos, los aparatos del Estado, las diversas instituciones, la vida privada y hasta la ideología.

En una visión verticalista que se confunde en una unidad con una única orden de mando ejecutora que se vuelca de arriba hacia abajo, casi por miedo a una extinción estatal. Y, por otro lado, la de dejar hacer y remendar los parches bajo una agenda mediática seductora afín. Es que en estos tiempos los viejos sistemas que habían podido combatir contra diversas corrientes que hacen al Estado, ya han caducado.

La inestabilidad en todos los ámbitos que adolecen al hombre en su cotidianidad, tanto en lo económico, político, laboral y social. O la misma inseguridad con la angustia existencial, ya plantean un nuevo orden libre de los partidos políticos (cuestión recriminada al marxismo). Un resurgir de nuevos movimientos de desarrollos de los estados, sin la rigidez histórica tradicional sino, al contrario, con elasticidad.

Un nuevo esquema planetario ante el creciente amoldamiento de las estructuras estatales a los desafíos diarios, con una cierta autonomía regional. Cuestiones que parecen a contramano del desarrollo tradicional de la visión del Estado. Para redondear, la rigidez avasallante no satisface en estos tiempos de profundos cambios y de variadas respuestas ante situaciones complejísimas. Y que el mismo Estado en ocasiones se amolda, pero en otras se endurece o ausenta.

Hoy casi no encontramos movimientos revolucionarios. El hombre está sorprendido en su cotidianidad. Es decir, es el tiempo de volver a empezar de cero, y en ver con qué visión partir para poder hacer la critica profunda de la sociedad. O en esforzarnos por buscar un pacto de seguridad aun pendiente, en la fragilidad institucional, ante la inestabilidad hegemónica silenciosa.

(*) Periodista, filósofo y escritor.