Miro el enorme panel donde el gran artista sanjuanino ha armado la fotografía que casi ocupa una pared y no dejo de asombrarme. Un viejo alambrado se está recostando casi enfermo sobre la cansada tarde de lo que parece ser un callejón de Barreal. Altos yuyales y cortaderas despeinados por los vientos precordilleranos yacen al borde de ese sendero casi muerto. Pero no, ninguna muerte ha anidado aquí; la vida está dispersa en estas soledades donde reina el boyero y la calandria y el algarrobo de escaso verde custodia tortolitas de barro. Una nube de primavera se nota indecisa al fondo. Desde la inmensidad del paisaje que se desborda por los cuatro rumbos cardinales del póster magnífico, se siente clarito cantar al tero de alambre y lluvia, a los grillos que sollozan como charangos heridos y las cigarras que parecen limar el viento en las montañas. Obras como éstas ya poco se ven. Pasa que Américo Carmona era único.
Ese ser hacedor de imágenes enclaustradas para siempre en la memoria, está allí, a pesar de que sus manos hacedoras y su espíritu exquisito ya no empuñan la cámara constructora de poemas y utopías. Aquel hombre delgadísimo y de pocas frases, pero de un alma crucial, pasea sus ilusiones por las azules cinturas de la cordillera de Ansilta; enfoca un socavón al que le faltan pumas misteriosos y le hace decir poemas del Chiquito Escudero. El hombre, el excelso artista, ya no está de cuerpo presente, pero eso qué puede importar si ya ha inmortalizado en paños admirables todo el paisaje; si ya ha esparcido hasta las partículas más pequeñas de su alma por los corredores de Sorocayense y el río se le ha venido encima como guanaco de espuma, para cubrir los instantes en que el hombre artista ha subido al corazón del pueblo por el sólo hecho de ser fiel a sus vivencias, leal a sus acequias, digno representante de sus cielos.
Américo Carmona fue y es uno de esos puntales imprescindibles de San Juan que, si le faltan, esta provincia se desmorona en mediocridades, se asemeja más a un desierto sin luna que a un territorio de hombres ilustres y epopeyas. Debemos respetar y reconocer en toda su dimensión a quienes han tenido la virtud de reedificar en luces y campanas esta castigada provincia. De ellos es la gloria. De los héroes, los próceres y los humildes anónimos que edifican sueños familiares y no se rinden; de los artistas, de los visionarios, de los soñadores; de ellos el espejo que nos expresa hacia afuera, de ellos y gracias a ellos la fundamental necesidad de seguir viviendo aquí.
