Cuenta la leyenda que después de mandar a edificar el laberinto de Creta, su arquitecto fue encerrado en prisión junto a su hijo Ícaro a fin de que no revelara el secreto de su solución. El ingenioso constructor entretejiendo plumas que fijó con cera dio forma a un par de alas para cada uno y así lograron escapar. Mas, advirtió a Ícaro que no volara tan bajo que cayera en el mar ni tan alto que el sol derritiera la cera y desintegrara sus alas. El joven no bien hubo despegado del suelo se olvidó de todo y sólo quiso sentirse hermano de las águilas, invencible, pero su temeridad juvenil fue castigada e inexorablemente encontró su fin.
Jorge Newbery inició su pasión por dominar el aire cuando conoció al aeronauta brasileño Santos Dumont. En 1907 junto a Aarón Anchorena cruzaron el Río de la Plata en el globo Pampero para aterrizar en Uruguay. El cruce se convirtió en un acontecimiento popular. Tan entusiasta del deporte como ampuloso dandy, de buen físico, simpático y arrogante, era distinguido por sus contemporáneos como un hombre alegre, decidido y formal. Campeón de boxeo, esgrima, remo y cuanta disciplina lo requiriera. Es considerado el primer ídolo popular que generó Argentina, ya que hasta entonces sólo habían existido íconos políticos.
En febrero de 1914, registró la marca mundial de altura con 6.625 metros, aunque no fue homologada por la comisión internacional. A las pocas semanas, ya estaba listo para batir su propio récord. Quería sobrepasar los Andes y viajó a Mendoza para estudiar las posibles rutas.
Casi de regreso a Buenos Aires, después de un almuerzo con el gobernador mendocino se cruzó en el vestíbulo del Grand Hotel con unas familias amigas. Una de las jovencitas, Merceditas, le rogó verlo volar. Difícil fue para el aviador voluble a las damas esquivar la sugerencia de la niña. Si bien Newbery no tenía su avión en Mendoza un amigo suyo, Teodoro Fels, le prestó el suyo con la advertencia que la máquina estaba tirando del ala izquierda. Como a Ícaro, lo traicionaba el brío innato de la juventud, la atracción del riesgo, el placer de la aventura y los oídos sordos a los consejos.
Invitó a su amigo Benjamín Jiménez Lastra, a quien llamaba "’Tito”, a volar con él para mostrarle la serie de piruetas que había aprendido en Francia y se encaminaron hacia Los Tamarindos, en la actual zona de El Plumerillo.
Era el 1 de marzo de 1914, hace ya un siglo, a las 18:40, cuando al hacer el decolaje, el aparato perdió el equilibrio, inclinándose sobre el ala izquierda, en forma tan brusca que Newbery sacó un brazo afuera, tomándose de la "’gabaute” para sujetarse y no ser lanzado fuera. Continuaron subiendo con el aparato completamente cabreado. En ese momento y pese a que el piloto logró restablecerlo, se dieron cuenta del peligro que corrían. Le gritó a su amigo Tito que se tomase bien e hizo el viraje sobre el ala siniestra. Jorge picó para corregir la marcha. Aun así su sangre fría dos o tres veces pretendió comenzar hacer el "’looping”, un giro donde el aeroplano diera una vuelta de 360 grados. Cuando por última vez pretendió corregir el ángulo de caída, ya era tarde. Estaban demasiado cerca de la tierra.
(*) Profesora en Historia.
