La gran mayoría del pueblo cubano, que durante medio siglo no ha pagó ningún impuesto, porque tampoco le permitiría tributar con un salario promedio equivalente a 19 dólares mensuales, deberá hacerlo a partir de enero próximo, cuando cese el paternalismo fiscal del régimen comunista junto a una serie de reformas orientadas a la economía de mercado.
El giro político del presidente Raúl Castro se aparta drásticamente de los lineamientos económicos y sociales de la revolución protagonizada por su hermano, Fidel Castro, y copia las experiencias de China, Vietnam y otros estados marxistas. El cambio no será fácil frente un aperturismo desconocido en una cultura dominada por el estatismo dirigista y prebendario, en que la iniciativa privada es prácticamente inexistente.

Tampoco el cambio le será fácil a la propia administración castrista. En el viejo régimen tributario, las grandes y pequeñas empresas estatales, que representan el 90% de la actividad económica, simplemente le entregaban todos sus ingresos al gobierno, pero ahora, al ganar autonomía fuera de las órbitas ministeriales, deberán tributar un 35% de sus ganancias pero podrán acogerse a numerosas deducciones. Además, muchas pequeñas empresas se convertirán en cooperativas o serán otorgadas en leasing pagando impuestos sobre la base de sus ganancias.

Pero la gran incógnita es cómo reaccionará el pueblo cubano, que pasará de tener todo gratis del Estado a afrontar una escala de 19 tributos que incluyen impuestos medioambientales, a las ventas, herencias, transporte, a tierras cultivables, varias tasas por licencias y tres contribuciones, una de ellas a la seguridad social, un emblema del asistencialismo populista.