Era una mañana calurosa de diciembre de 1878, la culata gastada de un Remington golpeaba la dura puerta de quicios de la casa de Don Lisandro Lloveras, amigo influyente del montonero. Entregate Guayama!… Gritaba con voz de mando Pedro Cortinez, el jefe de Policía.
Finalmente habían dado con él. Cortinez, lo había reconocido un par de cuadras antes. El barbado Guayama estaba rodeado y sentenciado a muerte.
Nacido en la región lagunera de Huanacache en 1836, Santos Guayama fue autor de correrías en los llanos de San Luis, La Rioja y el Norte de Mendoza.
Fue parte de la montonera de Peñaloza, vulgar asaltante de caminos y cabecilla "chachista” en innumerables actos de pillaje. Invadió Caucete con 200 gauchos, en 1870 y tuvo tal vez participación en el asesinato de Valentin Videla.
En San Luis, desvalijó al exgobernador Camilo Rojo. Sin embargo su prontuario penal es dubitativo prevaleciendo simples denuncias ensañadas,y nunca una absolución o condena.
Hijo de madre pura sangre Huarpe, se lo recuerda robusto, con varonil porte, ojos azules y tupida barba rubia.
Ya montonero, Guayama significó para San Juan, por dos décadas, un inquietante problema policial y político.
Capitán de un puñado de bandidos, atacaba casas y comercios, y pasaba a cuchillo a los hombres para apoderarse del motín.
Allá en sus pillerías por las sierras cordobesas, un día Gauayama se topo nada menos que con el cura Brochero. A la voz de alto! El Cura con voz firme, le replicó mostrándole a sus ojos torvos en gran crucifijo. Tirale a este si sos hombre…!. El bandido se apaciguó y sin conversión alguna terminaron grandes amigos, visitándose con frecuencia, tomando mate en un acto de increíble caridad.
Sin embargo, en esa época ya se rumoreaban actos de nobleza del Gaucho pendenciero, que asaltaba y despojaba para dárselo a los pobres.
Evadido muchas veces, dado por muerto otras tantas, finalmente ese diciembre su estrella se apagó, y Cortinez lo apresó en el centro sanjuanino, precisamente en calle Laprida y Tucumán, donde vivía LLoveras.
Sometido a un aparente proceso, Guayama desde prisión, promovió una sublevación de los presos, sofocada con gran alboroto.
Finalmente fue fusilado sin formalidad de juicio el 4 de febrero de 1879, y esta vez si murió. El cura Brochero hizo un gran esfuerzo por salvarlo.
Al ser interrogado Agustín Gómez, en virtud de que ley había procedido, contestó "hay leyes que es preciso escribirlas con la punta de una espada”.
