El Señor designó a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde él debía ir. Y les dijo: "La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni alforja, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: "¡Que descienda la paz sobre esta casa!” Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman de lo que les sirvan; curen a sus enfermos y digan a la gente: "El Reino de Dios está cerca de ustedes” (Lc 10, 1-20).

El domingo pasado Lucas narraba la subida de Jesús hacia Jerusalén, donde cumplirá la cumbre de su obra redentora. Hoy, el evangelista sigue narrando ese viaje. Jesús, como enviado del Padre, había venido a traer a los hombres un nuevo modo de vivir y convivir entre ellos y ante Dios, que luego el pecado frustró. La vida y la convivencia se volvieron complejas y hostiles. Sin embargo, el pecado no pudo arrancar del corazón humano el deseo de habitar en un mundo de belleza e ir haciendo de la historia, no una tragedia sino una sinfonía. Pero esta tarea no ha querido el Señor realizarla solo, sino "necesitando” de los hombres. Por eso, consciente de que es mucho el trabajo y pocos los obreros, invitará a pedir al dueño de la mies que envíe más manos y más corazones que hagan realidad el proyecto divino. Jesús desea que sus misioneros inicien el camino sin pan, ni alforja, ni dinero, sin nada superfluo, y ni siquiera cosas útiles. Sólo un bastón en el cual apoyar el cansancio del camino y un amigo para compartir lo que hay en el corazón. Es que, lo incisivo del mensaje no radica en el despliegue de fuerzas o de medios, sino en el ardor del corazón. La fuerza del evangelio y del cristianismo, no está en la organización, ni en los medios de comunicación que puede tener la Iglesia, ni en el dinero que guarde ni en el número que muestre. Jesús pide que se inicie el camino sin cosas, de modo tal que lo que resalte sea el primado del amor. El viaje de los discípulos es un descender hacia lo esencial del hombre. Por esto es que también serán perseguidos, ya que traen la revolución que se basa en una nueva jerarquía de valores. La misión se debe concentrar en tres núcleos: "Sembrar paz, hacerse cargo del otro, confirmar que Dios es siempre cercano al hombre”.

Deben llevar la paz, y deben hacerlo de dos en dos, porque la paz no se vive sino en relación. La paz no es soledad. Requiere al menos de otro. La paz no es simplemente ausencia de guerras. "Shalom” (paz, en hebreo) es plenitud de todo aquello que necesitamos para vivir como personas. No anunciamos una paz que se negocia y pacta como herramienta política, sino una paz que es una vida, tiene un nombre y posee un rostro concreto: Dios con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Porque no anunciamos una paz nuestra ni la que el mundo nos puede dar, sino la que Dios nos confía, nacida de la verdad, de la justicia, de la libertad y de la caridad, por eso somos también perseguidos. Resulta preocupante "la violencia nuestra de cada día”. La agresividad se ha hecho dueña de la vida cotidiana. Y, con la disculpa de que en el mundo "’o pisas o te pisan”, todos procuramos rodear nuestro entorno de pisotones. ¿De dónde nos surge la violencia? Es un arma que tiene el egoísmo como empuñadura, la lengua como filo, como motor el miedo. Somos agresivos porque tenemos miedo, porque no estamos seguros de nosotros mismos, porque creemos que la existencia del prójimo es un límite para nuestra pequeñez, en lugar de ser, como es, una ocasión para nuestra multiplicación. Somos violentos en nuestro lenguaje, en nuestro tono y en nuestra concepción de la vida. Somos agresivos en la memoria; vivimos recordando nuestras viejas heridas. Y hasta hemos "santificado” el odioso "perdono, pero no olvido”. La Madre Teresa de Calcuta acostumbraba a decir que "la paz comienza con una sonrisa”. Con rostros tensos y sin alegría interior, es imposible anunciar la belleza del mensaje evangélico, que nos dice que Dios siempre está cerca del hombre para ofrecerle su paz y curarlo con su gracia.