Las autoridades iraníes han suspendido la condena a muerte a través de la lapidación contra Sakineh Mohammadi Ashtiani, la mujer condenada por adulterio y complicidad en el homicidio del marido. Esta mujer, de 43 años y dos hijos, había sido condenada en mayo de 2006 por "relación ilegal” con dos hombres y su caso no es aislado.
Actualmente en Irán se encuentran pendientes, según el Comité Internacional contra la Lapidación, veinte sentencias de muerte por lapidación, tres de las cuales son contra hombres. Algunas mujeres son muy jóvenes, como Azar Bagheri, que espera su muerte en la cárcel de Tabriz -la misma donde está Sakineh- y su caso resulta emblemático. Tenía sólo 15 años cuando fue obligada a casarse con un anciano y hoy, después de cuatro años de cárcel, se prepara para su fin por adulterio, debido a que no podía ejecutarse hasta cumplir 18 años, la mayoría de edad. La activista por los derechos humanos iraníes Mina Ahadi, ha señalado que la muchacha ha sido incluso sometida a falsas lapidaciones: en dos ocasiones fue llevada fuera de su celda y enterrada hasta la cintura en el patio de la cárcel.
El caso más conocido es de Maryam Ghorbanzadeh, también detenida en la cárcel de Tabriz en el que, como el de otras detenidas, los abogados han pedido que se sustituya la lapidación por otra pena. Las autoridades iraníes han revisado trece sentencias de mujeres condenadas a morir apedreadas y sucedió, por ejemplo, con Kobra Babaei, liberada después de haber recibido cien azotes.
El citado Comité internacional contra estas ejecuciones, una ONG que lucha para que sea abolida la pena capital en el mundo, ha revelado que en el caso de Kobra, fue herida gravemente por los golpes recibidos, produciéndole graves dificultades que continúan actualmente, e incluso le impiden caminar. También se encuentra el caso de Ashraf Kalhori, madre de cuatro hijos, y que hoy tiene 40 años, considerada culpable de la muerte del marido y de relaciones extra conyugales, por lo cual ha sido condenada a muerte por lapidación.
Que ésta sea una práctica aún vigente en algunas partes del mundo, resulta repudiable en modo absoluto. Bajo ningún punto de vista es posible justificar o aceptar esta práctica bárbara, cruel e inhumana, que humilla a la persona humana y a su dignidad.
