Los últimos temporales que azotaron la provincia dejaron al descubierto un problema que no es nuevo pero que, gracias a las buenas condiciones climáticas que generalmente imperan, se mantenía latente a la espera de que el agua, en este caso, lo revelara. La precariedad de centenares de viviendas, que no soportaron tantos días seguidos de lluvia y terminaron totalmente anegadas y afectadas en sus estructuras, obligando a sus ocupantes a evacuarlas ante las malas condiciones en que se encontraban.

Es lamentable que en una de las provincias donde más se ha hecho en materia de erradicación de viviendas rancho, en estas últimas semanas miles de personas de departamentos como Pocito, Sarmiento, Caucete, 25 de Mayo y Jáchal tuvieran que dejar sus hogares por las lluvias, precisamente porque sus viviendas no se encontraban en condiciones de seguir siendo habitadas, al estar construidas con materiales y diseños inapropiados.

Si bien es cierto que hay gente que desde hace años ha estado viviendo en esas condiciones, en las periferias de los centros poblados, y que nunca antes había tenido problemas que la obligara a dejar sus casillas, el fenómeno meteorológico puso en evidencia la falta de previsión de las propias familias y de las autoridades, que en ningún momento instrumentaron medidas para que los ranchos pudieran resistir lluvias o vientos.

La construcción de una vivienda precaria, en cualquier lugar de la provincia, debería contar con la supervisión de organismos del Estado, principalmente los municipios, capaces de aportar apoyo o asesoramiento técnico y la provisión de algunos materiales para que esas construcciones ofrezcan ciertas garantías de seguridad e higiene. Desde el lugar de emplazamiento, hasta las disposiciones de las habitaciones y del baño, como también la forma de hacer las instalaciones eléctricas o de agua potable, son algunas de las indicaciones que desde las comunas se tendrían que ofrecer a cada familia que opte por construir una vivienda de estas características como solución habitacional. De esta forma se evitarían los terrenos anegados, el hacinamiento, incendios, accidentes hogareños y otros tantos problemas que suelen ser comunes en este tipo de construcciones y, lo que es más importante, se posibilitaría que muchas familias puedan vivir más dignamente. Lo que no se puede permitir es que los asentamientos se realicen en cualquier lugar y bajo total imprevisión, dificultando el planeamiento habitacional y generando numerosos problemas cada vez que se presenta una contingencia climática.