Las catástrofes naturales, cada vez más destructivas y frecuentes, están asolando al mundo frente a la imprevisibilidad de eventos directamente relacionados con el factor humano. El cambio climático, resultado del desequilibrio causado por el hombre en los ecosistemas, junto a la falta de previsión para controlar o minimizar la furia descontrolada, tienen un resultado letal.

Nada parece casual y menos cuando hay reincidencia, caso del reciente incendio en Valparaíso, en Chile y otro en Argentina que arrasó áreas protegidas en la Patagonia, las inundaciones en Córdoba o las sequías que incluyen al territorio sanjuanino, dentro de los casos todavía no resueltos. La ONU urge implementar estrategias de prevención porque el cambio climático empeorará las cosas. Sin una acción concertada y ante desastres naturales sin precedentes, la situación podría llegar a convertirse en una amenaza para la seguridad internacional y en la relación entre los Estados. Otra variante de la prevención es que la disminución del riesgo de catástrofes es un elemento imprescindible para ayudar a erradicar la pobreza.

Para ello el Banco Mundial ya dispone de un nuevo fondo destinado a proyectos de prevención de desastres naturales en los países en vías de desarrollo, a lo que se suman las ayudas de las naciones desarrolladas que también acusan el impacto por la incidencia en la economía mundial. Es que anualmente se pierden hasta 300.000 millones de dólares por los daños que causan terremotos, tsunamis, ciclones e inundaciones, según la organización mundial.

Si estos recursos existen, sorprenden imprevisiones como la ausencia en la Argentina de aviones hidrantes de gran porte, que se recargan en vuelo, o que no exista una red de drenaje para las inundaciones en el centro y la pampa húmeda y tampoco obras para irrigar áreas con sequías crónicas. O que en nuestro Valle de Tulum no puedan funcionar unas cien perforaciones de las baterías de pozos abandonadas durante los años de caudales superficiales generosos.

San Juan si tiene prevención sísmica, con simulacros participativos, como parte de la cultura local, pero la amenaza latente alcanza al resto del país. El 10 de noviembre de 2009 hubo un sismo de 3,5 grados Richter en la localidad correntina de Ituzaingó, un lugar impensado para un terremoto, pero existió.