Hemos vivido -y aún quedan muchos resabios de ello-, pensando, creando poniendo en práctica y adiestrando a niños, jóvenes adolescentes y también a adultos en una educación de carácter clasista, excluyente, homogeneizante, paradigma este que imponía las mismas prácticas y los mismos contenidos para distintos actores, en distintos escenarios, ello producto de una ideología liberal propia del siglo XVIII y también neoliberal de los siglos posteriores, signados por imposiciones de las llamadas "super potencias” y de los organismos internacionales.
Si bien no es el objetivo de esta reflexión hablar de la aplicación de recetas ideológicas, si resulta oportuno recordar al menos las imposiciones en materia de educación que impuso el consenso de Washington.
Al respecto el mismo propuso por no decir, impuso la idea de la expansión de un mismo núcleo de diagnósticos, propuestas y argumentos "oficiales” , la privatización de la educación pública, la reducción del gasto público y la estandarización de contenidos, procesos de gestión, modelos de evaluación y resultados esperados. En éste contexto "todos debían aprender lo mismo”, dejando de lado a los que eran considerados "los otros” y que por razones culturales, sociales, económicas, etc iban paulatina y progresivamente quedando fuera del sistema educativo.
Así la verticalidad y su correlativa directa, la homogenidad llevaron a la exclusión, la desigualdad, la estandarización, el aburrimiento, la falta de creatividad dentro y fuera del aula y de las instituciones educativas, a la acentuación de las diferencias en forma negativa lo que se traduce en discriminación, al no reconocimiento del otro en su esencia ni en su potencia ni en su yo individual, cultural y social, al malestar, violencia, al fracaso escolar y a muchas otras consecuencias de las cuales venimos padeciendo y que hacen tan difícil transitar hacia prácticas educativas, trayectorias escolares, modalidades de escolarización totalmente diferentes, sin caer en meros discursos teóricos.
La transformación necesaria debe ser producto de políticas educativas que trasciendan la inclusión, las mismas no solo deben referirse a lo que ocurre en el interior de las instituciones y de las aulas de clase, sino deben recorrer todos los procesos pedagógicos, todos los contextos, modalidades de enseñanza-aprendizaje, contemplando la diversidad pero transitando desde ésta hacia una educación diferenciada.
