En medio de la ardua tarea iniciada por el Gobierno nacional para normalizar las estructuras políticas distorsionadas en más de una década de demagogia populista, y con apoyo mayoritario de la ciudadanía en medio de una convivencia pacífica de los argentinos, el clientelismo kirchnerista no quiere perder las prebendas y lo expresa manteniendo latente la ‘campaña del miedo’ instalada en la campaña electoral.

La habitual tregua que dispone un presidente tras asumir para darle tiempo a implementar los lineamientos de su gestión, ahora no existe y, por el contrario, los militantes transformados en oposición son implacables con Mauricio Macri y con varios gobernadores. Es el caso de Gerardo Morales que tomó juramento a su gabinete con la Casa de Gobierno de Jujuy sitiada por la agrupación Tupac Amaru de Milagro Sala, por el anuncio del mandatario de terminar con la intermediación de los planes sociales y otros aportes oficiales, que serán bancarizados. La movilización de la Tupac Amaru se trasladó también a la Capital Federal, donde desplegó su fuerza callejera.

Al mismo tiempo, trabajadores de una firma avícola de Ezeiza bloquearon la autopista Ricchieri, cerca del Aeropuerto Internacional, en reclamo de sueldos adeudados y un auxilio económico para la empresa intervenida por el exgobernador Daniel Scioli. El campamento hizo colapsar el tránsito impidiendo el acceso de los viajeros a la estación aérea, con una imagen deplorable del país.

La metodología de la agitación fue alentada durante años por el garantismo ideológico para ‘no criminalizar la protesta social” pero es coacción y chantaje que no busca reinvindicaciones sino impactar en la opinión pública. En estos días se han denunciado a punteros K que recorren zonas periféricas advirtiendo a los vecinos que les van a sacar los planes sociales y que por eso tienen que salir a la calle a fin de año, como lo hace en Rosario la llamada Federación de Organizaciones de Base.

Pero también las acciones directas están en las antípodas del diálogo y las normativas para alcanzar un arreglo. Lo vemos incluso en San Juan, con municipales cortando calles y arrojando basura en Rivadavia, o paralizando actividades en la delegación del INV como repudio a un jefe que finalmente no lo es. O en cualquier otro desacuerdo donde la racionalidad no existe. Lamentablemente, mientras la mayoría busca diálogo y consenso, una minoría perversa promueve desde las sombras una escalada de violencia, promocionando disturbios y sembrando la división de la sociedad.