Me preguntaba una y otra vez, mientras montaba la mula: ¿qué hacemos aquí? Las respuestas que me daba no eran alentadoras y mientras masticaba el polvo de la tropilla que se encontraba adelante, me fui dando cuenta de a poco que yo era un "soldado sin fe". Como si fuera un granadero que no había leído ningún libro. Estaba muy lejos de ser el hombre con alma de acero que acompañaba a San Martín.
Con cada golpe de las herraduras de mi mula en las piedras, mi espíritu se desmoronaba y me daba cuenta que no quería estar ahí. ¡Me sentía un traidor! Pero la pregunta no dejaba de ser legítima. La idea se había apoderado de mí y no estaba dispuesta a abandonarme.
Me armé de valor y comencé a preguntarles a mis camaradas, uno a uno: ¿A qué venimos?, ¿qué hacemos aquí?. Tenía la esperanza que alguien tuviera la respuesta. En toda mi vida no había recibido respuestas tan variadas. Algunos sólo querían vivir como en el siglo XIX, otros lo hacían para probarse a sí mismos, algo así como afrontar un reto personal. También podía significar un retiro espiritual.
Walter Mazza (TV Pública) me hizo llorar de emoción cuando me comentó que lo hacía por su padre. Había armado su propia gesta, una reivindicación y un reencuentro con el alma del hombre que le había dado la vida.
Quienes ya contaban sobre sus espaldas más de un viaje a la cordillera tenían muy en claro que no se trataba de unas vacaciones (créanme está muy lejos de ser eso). También sabían que no era una aventura. Es decir, los veteranos de la cordillera sabían lo que no era esta expedición. Pero yo seguía sin encontrar la respuesta. Para el médico del gobernador Gioja, Eduardo San Román, se trataba de enfrentar problemas nuevos, de cambiar la mecánica de las situaciones cotidianas de la ciudad por las de un granadero.
La ausencia total de civilización. Todas las respuestas tenían al menos un punto en común: +es un reto+. Y un reto es lo más cercano a San Martín. Pero la pregunta del soldado sin fe seguía sin respuesta. Para casi todos, su reto consistía en cumplir con la misión asignada en el Cruce, cubrir el evento de forma mediática, para los periodistas; salvar vidas, para los médicos; cuidar al grupo, para Gendarmería.
La parte más difícil y arriesgada de la expedición fue la bajada del Paso de La Honda. Cuando llegué a la naciente del río Las Leñas, me crucé al intendente Lima y descargué extenuado la pregunta del soldado sin fe. Me miró profundamente y comprendió de inmediato que la respuesta que yo buscaba no se encontraba en la frase acartonada de siempre.
-Sí, es esa respuesta que vos tenés. ¿Hace falta que yo te la diga? Me contestó, agitado por el esfuerzo que terminaba de hacer.
Pancho Márquez (Prensa de Gobierno) que se encontraba con él, me ayudó un poco más a encontrarla cuando me dijo: +Vos estuviste en la charla con Edgardo Mendoza y te la sabes mejor que nosotros+.
Había mirado cara a cara a la muerte unos pocos segundos antes y de repente me cayó la ficha. ¡Queremos ser mejores! Y sólo el dolor y el sacrificio sacan lo mejor de nosotros. De golpe, el soldado sin fe comulgaba con San Martín. ¿Qué hacemos aquí? Vinimos buscando ser mejores, algunos buscan ser mejores periodistas, otros mejores personas, mejores políticos, mejores soldados, mejores jueces. Buscamos ser mejores y la vida cotidiana a veces nos oculta esto. San Martín lo sabía y también sabía que nos lo debemos como pueblo y como nación. El transitar la cordillera te hace ver con claridad que todavía nos lo seguimos debiendo. Quedan muchos años sobre la mula hasta pagar la deuda que tenemos con nosotros.
