En estos días, el ciudadano común debe soportar hasta lo ilícito perdiendo la ventaja que se observa en el mundo desarrollado, en el que el diálogo y los acuerdos caracterizan la vida institucional. Saber lo que pasa en el poder es un derecho de todos según ordena la Constitución y conocerlo es lo que generará o no -depende de las conductas de las autoridades- la necesaria unidad pueblo-gobierno.

Hoy al hombre común le es difícil comprender ciertas actitudes de los gobernantes. Es difícil vivir entre las contradicciones cuando están en las preferencias de los que mandan. Más, la formación del ciudadano se forja de manera natural a través del cumplimiento de los deberes y derechos, y ello no llega por decreto o por expresiones de deseos formulados en una tribuna.

Si cada gobierno pensara en las personas que están bajo su égida como ciudadanos, actuaría de manera diferente cierto es que para hacerlo se necesita un sentimiento vinculante fuerte y sincero. Hay una verdad para tener en cuenta: cuando el ciudadano toma conciencia de sus valores éstos resguardan automáticamente todos los intereses de la sociedad.

Un reclamo generalizado y quejas compartidas sobre el abandono de la educación como la actividad más importante del país y ya se conocen resultados que se traducen en el aumento de los guarismos de la deserción y de los chicos que estando en condiciones aún no ingresaron al sistema. Por ello, cuando se siente que falta mucho por hacer en el país y o que no se han encarado actividades fundamentales, aparece la educación como la estructura de Estado más olvidada.

Ello, de sostenerse indefinidamente, pondrá en riesgo cultural a más una generación de argentinos, lo cual equivale a no entregar al hombre las herramientas necesarias para el progreso intelectual y laboral.

Por eso urge achicar la brecha que hay entre lo que se dice y lo que se hace. Los hombres, mujeres y jóvenes tienen un tiempo de espera definido. Transcurrido ese tiempo sobreviene la pérdida de oportunidades, lo cual viola el progreso y transgrede códigos de vida porque equivale a cerrar las puertas que conducen a un cambio favorable.

La cuestión es pensar en las personas como ciudadanos de un país que necesita mejorarse para que mejore la vida de sus habitantes, para que todos tengan una perspectiva favorable.

El ciudadano sabe que el mejoramiento de su situación -por buena que ésta sea- no depende sólo de él sino de las oportunidades que puede generar un gobierno que se detenga en el porvenir de todos.