En este primer domingo después de Pentecostés, la Iglesia nos invita a celebrar el misterio de la santísima Trinidad. "Eres un solo Dios, un solo Señor”: de este modo rezamos en el Prefacio de la Misa de hoy. Las tres Personas, iguales y distintas, son un solo Dios. Lo han intentado tantos artistas con sus pinceles, sus buriles, sus plumas y sus pentagramas. Cada cual ha querido plasmar artísticamente la belleza de Dios. Pero ¿cómo es Dios? Estamos ante una de las fiestas más importantes de nuestro credo cristiano, y sin embargo ante una de las más distantes. La fiesta de este domingo, la Santa Trinidad, y las lecturas bíblicas de su misa, nos permiten reconocer algunos de los rasgos de la imagen de Dios a la cual debemos asemejarnos.

En primer lugar, Dios no es soledad. El es comunión de personas. Compañía amable y amante. Por eso no es bueno que el hombre esté solo: no porque un hombre solo se puede aburrir sino porque no puede vivir y desvivirse a imagen de su Creador. Lógicamente, esta comunión de vida no es un simple amontonamiento, ni un juntarse para extraños intereses, sino que la compañía que se refleja en Dios, modelo supremo para la nuestra, está llena de amor, para amar y dejarse amar. Es lo que Pablo exhortará a los cristianos de Roma: "Ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre!” (Rom 8,14-17). Jesús nos reveló que Dios es amor "no en la unidad de una sola persona, sino en la Trinidad de una sola sustancia” (Prefacio de la Misa de la Santísima Trinidad): es Creador y Padre misericordioso; es Hijo unigénito, eterna Sabiduría encarnada, muerto y resucitado por nosotros; por último, es Espíritu Santo que todo lo mueve, el cosmos y la historia, hacia la plena recapitulación final. Tres personas que son un solo Dios, pues el Padre es amor, el Hijo es amor, el Espíritu es amor. Dios es todo amor y sólo amor, amor purísimo, infinito y eterno. Dios no vive solitariamente, sino que más bien es fuente inagotable de vida que incesantemente se entrega y comunica. La prueba más fuerte de que estamos hechos a imagen de la Trinidad es ésta: sólo el amor nos hace felices, pues vivimos en relación, y vivimos para amar y ser amados. Utilizando una analogía sugerida por la biología, diríamos que el ser humano lleva en el propio "genoma” la huella profunda de la Trinidad, de Dios-Amor.

En la carta apostólica "Novo millennio ineunte”, San Juan Pablo II destacó la necesidad de "hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión, dirigiendo la mirada del corazón hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos” (n.43). Así se alimenta la "espiritualidad de comunión”. Una Iglesia y toda comunidad en donde florezca esta espiritualidad, sabrá purificarse constantemente de las "toxinas” del egoísmo, que engendran celos, desconfianzas, afán de prepotencia y enfrentamientos perjudiciales. Por ello el segundo rasgo que brilla en la Trinidad, es precisamente la libertad del amor. Nuestro Dios ha querido ser "vulnerable” al amor y por el amor. No es un Dios ausente, lejano, arrogante, inaccesible. Se nos ha revelado con entrañas de misericordia y rico en compasión (Ex 34,7). Y el tercer rasgo de la imagen de Dios que aparece en esta fiesta, es lo que dice Jesús, cuando en el Evangelio nos explica hasta qué punto llegó el amor de Dios por los hombres, por cada hombre concreto: "tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3,16). Lo que Dios quiere y desea, la razón por la que nos ha amado hasta la entrega doliente de su Hijo bien amado, el único, es para que nosotros podamos vivir, para siempre, sin perecer en ninguna forma de fracaso fatalista. Este tercer rasgo de Dios es el de la esperanza que se traduce en felicidad eterna.

Nuestra fe en el Dios en quien creemos no es la adhesión a una rara divinidad, tan extraña como lejana, sino que creyendo en Él creemos también en nosotros, porque nosotros -así lo ha querido Él- somos la difusión de su amor creador. Desde que Jesús vino a nosotros y volvió al Padre, Dios está en nosotros y nosotros en Dios como nunca y para siempre. Mirar la Trinidad y mirarnos en Ella, como un gran retrato de familia, la familia de los hijos de Dios, haciendo un mundo y una historia que tengan el calor y el sabor de ese Hogar en el que eternamente habitaremos: en compañía llena de armonía y de concordia, en esperanza nunca violada ni traicionada, en amor grande y dilatado como el Corazón de Dios.